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vivienda

Ada de los desahuciados

Fernando Miñana

No cree en los héroes y rechaza pelear por el derecho a la vivienda desde un partido, pese a que ya se lo han ofrecido. El Congreso debate hoy una iniciativa respaldada por 1,4 millones de firmas.

España torció el cuello y se fijó en ella el día que, delante de un micrófono, con la voz trémula por la indignación, calificó a los responsables de la banca de «criminales». Ada Colau (Barcelona, 1974) estaba, y está, harta de que los bancos, muchos de ellos rescatados con el dinero de los españoles, el de los ricos y el de los pobres, el del chalet en la Moraleja y el del piso minúsculo en Vallecas, dejen en la calle a familias enteras, a gente sin recursos, a «víctimas de la estafa inmobiliaria». Los desahucios son su pelea. A ellos, o, mejor dicho, a evitarlos, ha consagrado su existencia. Algunos han costado varias vidas en los últimos meses -de ahí que elija el calificativo de «criminal»-, suicidios que han entrado como dagas en la conciencia de casi todos; muchos otros han dado pie a dramas sociales.

Ada Colau Ballano es una barcelonesa de 38 años que salió a la calle por primera vez en 2003, después de la invasión de Irak urdida por el 'trío de las Azores' -Bush, Blair y Aznar-, para abrazarse a un lema que unió a cientos de miles de ciudadanos en las capitales de España: 'No a la guerra'. Allí conoció a gente con sus mismas inquietudes, personas que se planteaban «temas globales en la vida cotidiana». Y se centró en la vivienda porque consideraba que es «el principal factor de precariedad». Aquel movimiento cuajó en 2006 con V de Vivienda, un adelanto, a su manera, del 15-M. Allí conoció a su chico, el padre de su hijo, un niño de dos años.

Esta plataforma, en plena euforia económica, cuando no comprarse un piso parecía ser un síntoma de inferioridad, una debilidad social, denunció que existía una burbuja inmobiliaria, «algo que el Estado negaba». Adelantaron que llegarían los problemas, los impagos, los lloros. Pero nadie reaccionó, nadie quiso detener la fiesta, nadie pensó en la resaca.

Los años pasaron y la burbuja estalló. Ada y otros activistas no se cruzaron de brazos y fundaron, en febrero de 2009, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). Juntos descubrieron «una estafa generalizada», la ley que permitía, permite, que los bancos «se queden con la vivienda del que no puede pagar la hipoteca y siga reclamando la deuda de por vida».

Estudiante de Filosofía

Ada lleva varios días sin bajarse del AVE. Barcelona-Madrid, Madrid-Barcelona. Arriba y abajo. Siempre colgada del teléfono. Interesándose por unos, atendiendo a otros. Desde aquel «criminales», que dio paso a una reacción masiva en las redes sociales, la popularidad le cayó encima. «Nunca había pensado que me vería en una situación así, en absoluto. Aquel día -en la Comisión de Economía del Congreso- tuve una reacción intuitiva y natural, no premeditada». Esta exposición inesperada la acepta. Por la causa. Por la publicidad. Pero delimita su territorio público sin concesiones. Cualquier asunto que pueda intuir algo frívolo lo ataja con un hachazo.

- Una activista como usted, ¿ha encontrado algún personaje que le inspire?

- ¿Qué es un personaje?

- Alguna persona que por su filosofía de vida, su pensamiento, sus ideas, le resulte inspiradora.

- No creo en los héroes. Ni en los salvadores. Ahora mismo es necesaria la implicación de todo el mundo. Los referentes son un error cuando toda nuestra democracia está en juego.

Su batalla le resta tiempo con su hijo. Pero le ayuda su pareja, otro activista como ella, un economista con el que vive en un piso de alquiler. Uno de muchos por los que ha pasado. Esta vivienda en Barcelona le cuesta 900 euros al mes. Lo pagan entre el sueldo como economista de su marido y el suyo. Su empleo, en realidad, está en el Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, en un pequeño despacho de la calle Casp, en Barcelona, una oenegé que lucha por el derecho a la vivienda, a la salud, al trabajo o a la educación.

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