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El mercado alcista más aburrido de todos los tiempos

Chris Nagi

Por si a alguien le importa esto en Wall Street (y muchos dirán que no), si de algo sirven los récords en bolsa es para dar publicidad. Dirán lo que quieran sobre rentabilidad o ahorros para la jubilación, pero no hay nada que supere a un titular sobre un máximo histórico para atraer a clientes a sus puertas.

Y ya han llegado. Animados por el que ya es, según ciertas mediciones, el mercado alcista más largo sobre el que existen registros, los inversores estadounidenses han invertido grandes sumas en fondos estadounidenses cotizados en bolsa a razón de casi 12.000 millones de dólares desde el comienzo de 2017, cinco veces más que hace siete años. Se perciben síntomas de estrés, como las recientes ventas en Asia, pero de momento son algo periférico para los inversores estadounidenses. Cualquiera que compre acciones de compañías estadounidenses a día de hoy debe estar cómodo pagando dos o tres veces el volumen de ventas anuales por acción, un nivel de generosidad de los accionistas que no se veía desde que la burbuja 'puntocom' diera sus últimos coletazos.

Cuando hablemos a nuestros nietos sobre este mercado alcista, empezaremos describiendo su fin, en el crash de 2019, 2020 o 2025. Aun así, todavía no conocemos el final de esta historia. ¿Qué contaremos del resto? Quizás que se compraban las caídas y que la inversión pasiva era la regla, y que un puñado de gigantes tecnológicos, en su mayoría con décadas de antigüedad, crecieron de forma astronómica. No obstante, si por algo se recordará esta década, podría ser también por ser la era en la que las acciones se acercaron de nuevo hasta casi el 20 por ciento anual de media desde los mínimos de 2009 y el mercado de valores se volvió algo aburrido.

Es decir, no es como el 'boom' de finales de los años 90. Es raro que una compañía lance una oferta pública inicial en la que sus acciones dupliquen su valor ya en el primer día de su salida al mercado. Los taxistas que daban consejos en la época de la burbuja ahora conducen Ubers, y a la hora de invertir su dinero lo hacen en fondos cotizados, no en valores individuales.

Esto es lo que está sucediendo: un mercado con menos voces humanas, en el que el zumbido del ordenador es la música ambiental de proyectos matemáticos con nombres como smart beta y paridad de riesgo. Es una tierra gobernada por gigantes.

Tres, para ser más exactos: Vanguard, State Street y BlackRock que gestionan el 80 por ciento de los 2,8 billones de dólares invertidos en fondos cotizados estadounidenses. Las OPIs, que en algún momento dieron vida a la fiesta del mercado, se han convertido en inconvenientes en un mundo dominado por fondos pasivos, ocasiones para reorganizar índices de frágil equilibrio.

Desdén por los mercados públicos

En cualquier caso, las compañías se están alejando en masa de los mercados públicos. Desde una cifra anual de casi 700 nuevas salidas a bolsa en la segunda mitad de los años 90, la media ha caído un 75 por ciento. A pesar de que las operaciones han aumentado desde el año pasado y que todo apunta a que se volverá a abrir el grifo, las expectativas se han visto frustradas en repetidas ocasiones. «Asistimos a un eclipse que no es de compañías cotizadas, sino de los mercados públicos como el lugar en el que las compañías estadounidenses de reciente creación y de éxito buscan financiación», afirma un estudio reciente publicado por los profesores Craig Doidge, Kathleen Kahle, G. Andrew Karolyi, y René Stulz. Según el estudio, en 2016 había 11 compañías cotizadas por cada millón de estadounidenses, en comparación con 22 en 1975.

No faltan teorías sobre cuál es la causa de todo esto, desde las viejas normas de contabilidad hasta la forma en la que Internet ha facilitado el acceso a financiación de inversores privados, pero como principal culpable suele apuntarse a las dificultades para salir a bolsa. Los inversores finales pueden haber puesto más dinero en piloto automático, pero los fondos de alto riesgo y otros grandes inversores que busquen hacerse un hueco pueden hacer imposible la vida a cualquier director ejecutivo. El número de los denominados inversores activistas que hacen ofertas en compañías cotizadas superó los 500 por primera vez en la primera mitad de 2018. Supone casi el doble del nivel de hace cinco años, según la consultora de investigación Activist Insight.

Pocos temas hacen enfadar a los profesionales del sector tanto como este. Para buscar épocas anómalas debemos fijarnos en los 90, cuando cualquier joven de veintitantos con un compilador Java dirigía compañías de quinientos millones de dólares. La factura de esa euforia fue muy cara, Si el mercado se ha vuelto más exquisito, bien por él.

¿Problemas de Imagen?

Aun así, la imagen del mercado ha perdido fuerza. Muchos lo ven como un camino hacia la desgracia social. Algunas compañías pueden llegar a gastar un billón de dólares este año en recompras de acciones, una cantidad que, según los más críticos, debería invertirse en construir fábricas y crear puestos de trabajo (aunque esas inversiones también están creciendo). La gente siente que les están machacando mientras que la bonanza económica del país no deja de aumentar. En los últimos 10 años, la diferencia entre los rendimientos anualizados en el S&P 500 y el crecimiento de los salarios ha sido la más amplia de cualquier mercado alcista desde el Gobierno de Lyndon Johnson.

Diez años después de la peor crisis desde la Gran Depresión, todo esto impide la rehabilitación de la idea de la protección de las compañías cotizadas. Si el punto óptimo para el emprendimiento se sitúa en torno a los 30 años, los mejores y más brillantes de hoy en día pertenecen a un grupo de edad que se graduó en plena crisis financiera.

Es posible que los antecesores de esta Generación X recuerden la época en la que los mercados suponían un reto apasionante; ahora suponen un obstáculo, una cloaca de negociadores de alta frecuencia y un riesgo crónico de sufrir caídas. ¿De qué sirve salir a bolsa si las compañías de capital riesgo te ofrecen todo lo que necesitas? He aquí el cambio principal: el acceso al capital ya no requiere salir a bolsa. Ahora, las compañías de capital riesgo cuentan con medio billón de dólares en inversión, lo que equivale aproximadamente a la cantidad recaudada mediante OPIs en los últimos 10 años. Las compañías que hubieran salido a bolsa pocos años después de su creación en los 90, ahora ni se lo plantean.

El caso Tesla

Ese desdén por los mercados públicos alcanzó un punto de apoteosis el mes pasado, con la historia del flirteo del director ejecutivo de Tesla Inc., Elon Musk, con la opción de dejar de cotizar en bolsa. Tesla se sitúa en el eje de muchas de estas tensiones en los mercados. Con una subida de casi el 40 por ciento al año desde 2010, se trata de una IPO relativamente reciente que los mercados han visto con muy buenos ojos. También es el objetivo favorito de los vendedores en corto, que basan sus apuestas en la caída del precio de una acción, hasta el punto de que Musk tenía intención de renunciar a los beneficios que obtiene de los mercados públicos y valorar la idea de abandonarlos. Las compañías tecnológicas que cotizan a razón de 100 veces el valor de los ingresos del año siguiente no se planteaban salir de bolsa. Ahora, parece que sí.

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