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Es el caso de Laura de 24 años. Hace dos años convenció a su novio para lanzarse a la aventura de comprarse un piso. Encontraron su hogar en pueblo entre Toledo y Madrid, Yecles. “Era imposible permitirnos un piso en la ciudad, así que empezamos a ampliar el radio de búsqueda”, asegura. hasta que cuadraron la letra de la hipoteca que pidieron por 144.000 euros con los dos sueldos.
Pasado un año la convivencia se convirtió en un infierno y decidieron cortar la relación. “El amor se gastó de tanto usarlo” asevera Laura, que pasa por encima de los motivos de la ruptura. La solución estaba en un principio clara: poner en venta el piso, liquidar el compromiso con el banco y si sobraba algo, repartirlo.
Pero la crisis inmobiliaria y los bancos, que han cerrado el grifo a los créditos, no entiende de los problemas del corazón. “Sólo han venido a ver el piso una decena de personas en seis meses y las interesadas no lograban que le concedieran la hipoteca”, explica Laura.
Planes alternativos
En el cartel ya no solo pone “se vende”, sino también “se alquila”. De momento, cohabitan en medio de una guerra civil. “El día a día se hace duro porque tan solo nos decimos hola y adiós”, afirma la joven. En poco tiempo pasaron de novios a compañeros de piso por obligación, con las reglas propias de una casa compartida. Los gastos, divididos con exactitud. El frigorífico repartido por baldas. El territorio delimitado: un cuarto de baño para cada uno, reparto de habitaciones individuales y en las zonas comunes, visitarlas cuando están libres. La alcoba de matrimonio, nadie la utiliza.
“El primero que llega tiene preferencia para ver la tele o para cenar, y el otro se mete en su cuarto”, apunta. Laura no se explica muy bien cómo han llegado a esta situación. “Nos sentamos en la cocina para decidir que hacíamos con el piso hasta que nos saliera comprador” pero ninguno quiso ceder para irse de casa. Así que pasaron a negociar la convivencia.
“La única regla que impuso él fue nada de ligues en casa”, lo que Laura aprovechó para prohibir también las visitas de amiguetes. Ambos tienen familia, pero han elegido el camino más difícil por no volver a casas de sus padres. “Lo peor, aguantar las malas caras”, asegura Laura, “por lo demás es como vivir en un piso de estudiantes”.
La piscina sirve de lugar de escape -”estoy cogiendo un moreno...”, bromea- de una situación de dificil solución por el duro ajuste del ladrillo y el vuelva usted mañana de los bancos.

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