Los móviles que cambiaron la Historia en la semana del '11M'
Todas y cada una de estas cosas ha sido el teléfono móvil durante la última semana de tragedia y cambio político en España.
Días, o tal vez semanas antes del día de la ignominia, se produjo en un locutorio telefónico del barrio madrileño de Lavapies un trapicheo de terminales y tarjetas de telefonía móvil.
Una operación al borde de la legalidad que, no obstante, seguía patrones muy habituales en la vertiente marginal del negocio celular, siempre preñado de terminales robados, tarjetas manipuladas y consumos fraudulentos.
Pero aquella compraventa superaba el comportamiento habitual de la pequeña delincuencia para inscribirse en objetivos de fanatismo terrorista.
DETONADORES DEL TERROR
El día 11 de marzo, hacia las siete y media de la mañana, una docena de llamadas telefónicas fueron las causantes directas del desencadenamiento de otras tantas explosiones en el interior de cuatro trenes de cercanías en la línea que une la cuidad de Madrid con Alcalá de Henares.
Los terminales celulares habían sido utilizados como detonante de más de 60 kilogramos de explosivos escondidos en bolsas y mochilas. El resultado del ataque, 200 muertos y más de 1500 heridos.
LLAMADAS DE ANGUSTIA Y ESPERANZA
Cuentan los testigos que en el dantesco escenario de cuerpos rotos que siguió a las deflagraciones sólo se oían lamentos y el sonido machacón de llamadas de teléfonos móviles.
La violencia de las explosiones y la inmediatez de la información a través de la radio, había alertado a millones de madrileños que reaccionaron haciendo llamadas a través de sus móviles para conocer la suerte de aquellos familiares que ya habían abandonado el hogar a tan temprana hora del día más trágico.
También de inmediato, los supervivientes de los trenes de la muerte, como acto reflejo, echaron mano de sus celulares para tranquilizar a sus allegados y darles cuenta de cómo habían logrado escapar del infierno.
De ese trajín de llamadas de desesperación y de esperanza ha quedado constancia en el incremento del tráfico telefónico durante toda la mañana del 11-M que creció, según los tipos de servicio, entre un 200 y un 725%, en relación con un día normal.
RASTROS DEL MAL
La tecnología, especialmente la relacionada con sistemas informáticos, es siempre gloriosamente precisa y trágicamente insensible. Absolutamente incapaz de discernir entre la piedad y el horror.
Aquella trágica mañana quiso algún demonio que diez llamadas asesinas cumplieran su designio mortal, mientras que algún dios impidió que tres conexiones funcionaran.
El hallazgo por la policía de una mochila preñada de explosivos que pudieron ser desactivados, abrió la mejor pista para perseguir a los terroristas a través del rastro cierto que siempre dejan los teléfonos y tarjetas celulares, por manipulados y alterados que se encuentren.
MENSAJES DE AGITACIÓN
El día de la ignominia ha causado un auténtico cataclismo político en un país que hace un año se movilizaba masivamente contra la guerra de Irak y que en esta última semana de emociones incontenidas e incontenibles ha querido detectar alguna relación entre la participación española en aquel conflicto y el atentado sufrido el jueves 11 de marzo por los trenes del horror.
El ansia colectiva de conocer la auténtica autoría de la masacre puso en marcha un reguero de mensajes breves pero de contenido preciso que, como no, también encontraron en la telefonía móvil su más eficaz vehículo de difusión.
La protesta y la agitación que recorrieron los teléfonos celulares de millones de españoles entre la tarde el viernes 12 de marzo y la mañana del domingo 14 de marzo se concretó en breves consignas electrónicas, tales como: ?intoxicación informativa alqaeda ha reivindicado cuatro veces el atentado el gobierno lo niega pásalo?.
Las consecuencias electorales de tal frenesí celular forman ya parte de la historia de España. En la semana de la tragedia y del cambio el teléfono móvil ha demostrado que es ya una parte inseparable de nuestras vidas; tanto para hacer el bien, como para provocar el mal.

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