17 de Septiembre, 13:03 pm

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economía global

¿Está China preparada para liderar el mundo?

Zigor Aldama

Los analistas de todo el mundo coinciden en un punto: con la llegada de Donald Trump a la presidencia parece que Estados Unidos se encierra en sí mismo para dejar paso al liderazgo global de China. «Si termina siendo necesario que China lidere el mundo porque otros países se retiran de la globalización, no podemos dar esquinazo a esa responsabilidad. Pero no la asumiremos porque nosotros la hayamos buscado de forma activa», dijo hace poco el jefe del Departamento de Asuntos Económicos del Ministerio de Asuntos Exteriores, Zhang Jun.

Quiera o no, las estadísticas demuestran que China ya lidera el mundo en diferentes categorías. La principal es el comercio. A pesar de que en 2016 se contrajeron tanto sus exportaciones (2,09 billones de dólares, un 7,7% menos) como sus importaciones (1,58 billones de dólares, un 5,5% menos), el gigante asiático continúa dominando la compraventa de productos y de servicios en el mundo. Asimismo, la composición de ese comercio confirma el éxito que está teniendo la estrategia del gobierno central en dar un vuelco a su sistema económico, puesto que las exportaciones chinas tienen cada vez mayor valor añadido: la segunda potencia mundial vende ya todo tipo de maquinaria, desde 'smartphones' hasta trenes de alta velocidad.

Sin duda, aunque nunca lo publicitó, el Partido Comunista ya tenía claro hace tiempo que debía devolver de alguna forma a China la grandeza de antaño... y mucho antes de que Trump convirtiese ese proceso en su lema de campaña. Con ese objetivo en mente, el llamado Gran Dragón también está cerca de alcanzar el trono en otra variable que resulta especialmente importante para determinar su influencia en la economía mundial: la inversión en el extranjero. La ofensiva que hace unos años puso en marcha para adquirir empresas foráneas, aprovechando los bajos precios propiciados por la crisis global, ha aupado al país hasta la segunda posición del ranking mundial, y todo apunta que su peso específico continuará creciendo en todos los continentes.

De hecho, el año pasado la inversión directa de China en el extranjero se elevó un 12% hasta alcanzar los 211.000 millones de dólares. La expansión todavía fue muy superior, un 44% más, si se tiene en cuenta únicamente la inversión no financiera, que superó los 170.000 millones de dólares. Son cifras tan relevantes como reveladoras, sobre todo cuando se comparan con la inversión extranjera que China recibió durante 2016: 153.000 millones de dólares, que confirman al país como una potencia inversora más que como el imán de atracción de inversión que fue durante la primera etapa de desarrollo tras la muerte de Mao Zedong y la apertura dirigida por Deng Xiaoping. La diferencia, en cifras, son 58.000 millones más.

Además, China ha puesto ya en marcha proyectos como el de la Nueva Ruta de la Seda, que busca vertebrar Eurasia a través de dos rutas, una terrestre y otra marítima. A diferencia de lo que promulga Trump, aparentemente opuesto a una mayor integración mundial, ese plan pone de manifiesto la ambición geoestratégica del Gran Dragón.

Tampoco conviene olvidar el entusiasmo con el que le dan la bienvenida muchos países que quieren aprovechar las oportunidades que brinda este cambio de ciclo en el orden mundial. Desde Asia Central, interesada en vender materias primas, hasta el sudeste asiático, donde muchas multinacionales buscan diversificar sus plataformas manufactureras para compensar el aumento de costes en China. Poco a poco, el país de Mao va construyendo la infraestructura, tanto física como institucional -con iniciativas como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras-, que necesita para coronar el siglo de China.

«Un grave desequilibrio»

Pero, ¿está realmente China abriéndose al mundo para tomar el relevo de su archienemiga americana en términos similares? Todo hace pensar que no. Al revés, las cámaras de comercio critican cada año la falta de reformas económicas en el ámbito doméstico. «Existe un grave desequilibrio en el acceso al mercado. Mientras las empresas chinas han completado un buen número de adquisiciones de firmas europeas líderes en diferentes sectores -incluidas la banca, la automoción, la robótica, e incluso las infraestructuras críticas-, las compañías europeas sufren grandes limitaciones para llevar a cabo operaciones similares en China», afirmó la institución que agrupa a las empresas europeas que operan en el país asiático.

«Esto puede dañar seriamente la ambición china de crear una vibrante economía de mercado», apunta el presidente de la Cámara de Comercio de Europa, Jörg Wuttke. «El Gobierno no debería ser responsable de dirigir el destino del capital -advierte-, sino que es el sector privado el que debería tener autonomía suficiente para decidir dónde se encuentran las oportunidades del futuro».

En resumen, los empresarios extranjeros denuncian que, si bien China se beneficia de las reglas de juego de la globalización fuera de sus fronteras, dentro de ellas ejerce un control económico y un proteccionismo que supera con creces al que propone Donald Trump. «Desafortunadamente, el mundo ha permitido que sea así porque se creía que la apertura de China era solo cuestión de tiempo. Pero se está demostrando que no, y en esta situación injusta parece lógico que triunfen discursos como el de Trump. No es solo populismo, tiene su lógica», comenta un empresario español del sector de automoción que prefiere mantenerse en el anonimato.

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