17 de Septiembre, 12:58 pm

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sector financiero

Suiza destapa su secreto bancario

Ivia Ugalde

Suiza es un oasis en el mundo. La burbuja impermeable que ha sabido salir inmune a dos guerras mundiales. El lugar donde la puntualidad se mide con la extrema precisi髇 de sus marcas de relojes. La cuna de los mejores maestros chocolateros. Y, sobre todo, la morada preferida donde reposan las mayores fortunas del planeta. Su aval es la garant韆 de que los tesoros ser醤 guardados bajo total confidencialidad. Hasta ahora que, asediada mundialmente por servir de nido a evasores fiscales, ha tenido que poner fin al sagrado secreto bancario. Ocho d閏adas despu閟, su mayor se馻 de identidad ya es historia.

Los clientes con cuentas en Suiza saben que desde el 1 de enero se ha esfumado la capa de opacidad que les permit韆 mantener sus riquezas fuera de los radares del fisco. Aunque los datos no se sabr醤 hasta septiembre del a駉 que viene, las autoridades helv閠icas ya han comenzado a recabar informaci髇 de sus clientes extranjeros en virtud del intercambio autom醫ico de archivos que pactaron en 2014 con 38 socios de la Organizaci髇 para la Cooperaci髇 y el Desarrollo Econ髆ico (OCDE) y con la UE en 2015. La decisi髇 no ha sido por iniciativa propia. Sobre el Estado helv閠ico pend韆 la amenaza de perder su estatus de plaza financiera internacional si no colaboraba.

Nadie pone en entredicho que desprenderse del secreto bancario es un trago amargo en un territorio que lo exhib韆 con orgullo desde que lo aprob en 1934. Y eso que la pol閙ica le acompa耋 desde sus comienzos porque circula la extendida creencia de que en las c醡aras acorazadas se ocultaron miles de lingotes de oro de los nazis. Un oscuro pasado sin confirmar al que se suma haber sido uno de los destinos favoritos de las riquezas de dictadores como el libio Muamar Gadafi, el egipcio Hosni Mubarak, el tunecino Ben Ali o el haitiano Jean-Claude Duvalier.

El tel髇 de acero que ha levantado Suiza en sus bancos le ha permitido, en cualquier caso, ser la l韉er indiscutible en la gesti髇 de fortunas privadas de extranjeros. Controla el 25% de la cuota mundial de este negocio y de los 6,1 billones de euros que atesora, la mitad proceden de otros pa韘es. Adem醩, el patrimonio depositado en sus 266 bancos da trabajo a 167.000 personas. Sin olvidar que su mercado financiero aporta el 9,3% del Producto Interior Bruto (PIB).

Escollo en las investigaciones

Los esc醤dalos de fraude fiscal que han sacudido la escena internacional en los 鷏timos a駉s, sin embargo, le han pasado una abultada factura. Hasta el punto de herir de muerte al hermetismo helv閠ico por el creciente malestar de muchos pa韘es que se tropezaban con un muro infranqueable al querer acceder a los datos bancarios de los investigados. Suiza s髄o facilitaba informaci髇 a petici髇 de las autoridades extranjeras con las que tuviera suscrito pactos para evitar la doble imposici髇. Pero ni a鷑 as la cooperaci髇 estaba asegurada. Era obligatorio demostrar que la persona en cuesti髇 hab韆 evadido impuestos y facilitar el nombre y el n鷐ero de cuenta.

En 2018 ya no ser necesario cursar ni siquiera una solicitud. Suiza se encargar autom醫icamente de poner rostro a sus clientes extranjeros y desgranar qu es lo que poseen. Para ello, enviar cada a駉 a los pa韘es de origen los datos sobre ingresos -como intereses o dividendos- y podr saberse cu醤to dinero tienen depositado, as como las ganancias derivadas de la venta de activos. La 鷑ica l韓ea roja que sigue en pie es la negativa a cooperar en base a datos robados.

La venta o filtraci髇 de informaciones por empleados de la banca suiza ha sido, de hecho, la gran enemiga que ha devorado desde dentro el secreto bancario. Uno de los casos m醩 conocidos fue el de Rudolf Elmer, jefe de operaciones de la filial de Julius Bar en las Islas Caim醤. En enero de 2002 fue despedido y sentenciado a dos a駉s de libertad condicional por destapar a clientes evasores de impuestos. Trece a駉s despu閟, se le aplic una multa en suspenso de 45.000 francos suizos (unos 42.000 euros) por entregar los datos de 2.000 cuentas a Julian Assange, el fundador de Wikileaks.

La p閞dida de la confidencialidad toc fondo con las revelaciones de Bradley Birkenfeld, exbanquero de UBS -el mayor banco del Estado helv閠ico-. Su testimonio en 2008 al Departamento de Justicia de EE UU desenmascar una red que se encargaba de vender las bondades del secreto bancario a norteamericanos ricos que quer韆n esquivar el fisco. Se val韆n de crear empresas o cuentas 玠e fachada que amasaban en total unos 20.000 millones de d髄ares (19.150 millones de euros).

El propio Birkenfeld se declar culpable y fue condenado a 40 meses de prisi髇. El premio le lleg despu閟, cuando las propias autoridades estadounidenses que le dejaron entre rejas le entregaron una recompensa de 140 millones de d髄ares (135 millones de euros) por avisar del gigantesco fraude.

UBS, sin opciones de sobrevivir a la demanda de EE UU, no tuvo m醩 remedio que colaborar con la investigaci髇 y adem醩 pagar una multa de 780 millones de d髄ares (unos 750 millones de euros). Luego, en 2014, le toc entonar el 'mea culpa' por fraude fiscal al segundo banco suizo, Credit Suisse. Aparte del sonrojo ante los ojos del mundo entero, encaj una multa de 2.600 millones de d髄ares (2.490 millones de euros). La cooperaci髇 que brindaron ese mismo a駉 100 entidades helv閠icas en un escenario plagado de esc醤dalos dieron la 鷏tima estocada a un secreto bancario cuya muerte estaba anunciada.

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