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19 de Junio, 06:22 am

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historias humanas del desastre

La escasez reina en el Bajo Manhattan

Mercedes Gallego (Nueva York)

La devastación de 'Sandy' mantiene sin servicios básicos a miles de vecinos que sacan el agua de las bocas de incendios

A escasa distancia de la opulencia, Nueva York vivía ayer escenas del Tercer Mundo. Cuatro días sin luz ni servicios han hecho estragos. En la avenida D, donde viven 20.000 personas en edificios de protección oficial para gente de pocos recursos, los que se habían negado a mudarse a un albergue a pesar de las apocalípticas profecías del 'Sandy' rompieron las bocas de incendio para abastecerse de agua. En la radio la gente del Bajo Manhattan preguntaba dónde conseguir la comida que empezó a repartir la Guardia Nacional en raciones militares. En los albergues la competencia por alimentos y enchufes provocaba reyertas. Y en las calles, el olor a basura podrida se mezclaba con el de la humedad que emanaba de los sótanos inundados.

Es la esquizofrenia de la catástrofe en la Gran Manzana. De la calle 40 hacía arriba las tiendas están más abarrotadas que nunca y los vecinos confesaban tener que conectarse a la televisión para hacerse a la idea de que en su ciudad se vive un desastre. El espíritu humano y solidario que embarga a quienes ven tan de cerca el sufrimiento solo ha prendido en el Bajo Manhattan.

Allí, algunos de los ancianos y enfermos que se habían quedado atrapados en edificios altos donde no funciona el ascensor desde el domingo comenzaron a ganar la calle. Uno de ellos era Joseph Torres, que a pesar de tener 57 años aparenta 75. Apoyado en un bastón, con tres operaciones de fémur, pulmón y cadera durante el último año, el hombre que toma 18 pastillas diarias bajó 12 pisos «con la ayuda de Dios» y volvió a subirlos con dos garrafas de agua. «No depende del cuerpo, sino del espíritu que tengas», explicaba. «Me he criado en los guetos sabiendo que solo sobreviven los más fuertes. Siempre hay formas de rodear los problemas».

A muchos ancianos que llevan cinco días encerrados solos en sus casas, sin hablar con nadie, empiezan a agotárseles las provisiones, porque nadie esperaba realmente que la falta de luz durase más de dos o tres días. Según el gobernador del Estado, Mario Cuomo, más de 1,5 millones de personas seguían sin luz en Nueva York -de ellas casi 600.000 en Manhattan-, unos 225.000 hogares. Según el alcalde, Michael Bloomberg, algunas áreas la recuperarán mañana por la noche. Otras tardarán hasta diez días.

Sin teléfono, sin nómina

Enrique Carrasquillo no sabía nada de eso, porque sin luz no tiene acceso a la televisión o a internet, y la Policía solo está en las calles para evitar saqueos. «¿Por qué no viene nadie del Ayuntamiento a contarnos qué debemos esperar?», se quejaba. «`Con Edison es una porquería! Dijeron que iban a cortar el servicio para que no se dañaran los equipos y como no lo hicieron les explotó todo. Desde mi casa se veían las llamaradas. Ahora a saber cuándo lo pueden arreglar».

La esquina de la avenida D con la calle 8 se ha convertido en un centro de asamblea comunitaria a donde llegan víveres y se difunden rumores. Allí, Mike Rodríguez tiene aparcada desde el martes su furgoneta con el motor encendido para cargar teléfonos a los vecinos con un convertidor de corriente conectado a la batería. «Estoy cargando unos 75 teléfonos al día», contó. «El primer día vine a cargar el mío pero cuando la gente me vio empezó a pedirme que les dejase, y desde entonces no paro». Cuando se le vacía el tanque aprovecha el viaje para comprar encargos a los vecinos y acercar a quienes necesitan un cajero, algo cada vez más frustrante porque el huracán llegó a final de mes y ralentiza el pago de nóminas.

El fenómeno meteorológico más devastador que ha pasado por Nueva York se llevó por delante la mayor parte de los postes de la luz y las antenas de móviles, así que incluso con los teléfonos cargados hay que aventurarse río arriba por las avenidas de Manhattan con el brazo en alto hasta encontrar la señal.

A las decenas de muertes que ha dejado en una ciudad emblemática del Primer Mundo hay que sumar las que empezarán a provocar los accidentes caseros. Velas ardiendo en los pasillos, generadores de gas en manos de quienes nunca los han usado y los problemas de salud del agua contaminada, porque las inundaciones han mezclado las aguas negras y hay que hervir para beber, si se tiene gas.

Más allá del mundo de la oscuridad que es el Bajo Manhattan están los mundos olvidados de Staten Island o Long Island, donde los líderes comunitarios se quejan de que no llega ayuda. Y si ya en Nueva York hay dos mundos, en Nueva Jersey son tres: el que vive como si nada hubiera pasado, el que aguarda con impaciencia la vuelta de la luz y el aún sumergido bajo el agua. En éste el más icónico es Hoboken, que presume de haber dado vida a Frank Sinatra y de tener la mejor vista de la ciudad de los rascacielos.

Desde allí hasta mucho más abajo de Atlantic City, donde tocó tierra el huracán, la vida de suburbios se cobra su precio en el desabastecimiento de gasolina. En las pocas estaciones abiertas, las «colas nigerianas», como describía una emisora de radio, pueden ser de 3,2 kilómetros. Después de horas de espera, algunos encuentran depósitos agotados.

El calentamiento global amenaza con igualar a ricos y pobres. 'Sandy' ha dejado en EE UU al menos 80 muertos, 34 de ellos en Nueva York, en comparación a los 71 de todo el Caribe, 54 de ellos en Haití. La sede de Naciones Unidas, que perdió el tejado de la Asamblea General, vio inundados los sótanos donde mantiene su equipamiento crítico y tuvo que cortar la luz al desatarse un incendio en los cuartos eléctricos, reconoce que es hora de replantearse la ubicación de las infraestructuras, ante la crecida del mar y el cambio medioambiental.

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