26 de Mayo, 19:59 pm
XL Semanal

Extraños hijos de papá

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La vida del heredero de Warren Buffet, Steve Jobs o Larry Ellison

Son los herederos de algunos de los imperios económicos más importantes del mundo. sin embargo, la voluntad de sus padres o el destino han llevado su vida por un camino muy distinto al de cualquier chico rico. Se lo contamos.

«Lo único que quiero es llegar a ver cómo mi hijo mayor se gradúa en el instituto». Su primogénito, Reed Paul Jobs, un estudiante brillante y apasionado por la ciencia, se graduó en junio de 2010. «Es uno de los días más felices de mi vida. Contra todo pronóstico, aquí estoy», contó, exultante, el fundador de Apple a su amigo y confidente Walter Isaacson, que terminaría escribiendo su biografía autorizada, publicada en España por Debate. Después de la ceremonia, Jobs le regaló su bicicleta, ya que él, muy mermado (murió el pasado octubre), no iba a poder montar nunca más. Reed le dijo que estaba en deuda con él. Jobs respondió: «No me des las gracias, porque llevas mi ADN».


Solo hay que ver un retrato de Reed Paul, de 21 años, y compararlo con otro de su padre veinteañero para certificar que sí, que comparten genes. ¿Es una bendición o una losa? ¿El genio visionario de Jobs, pero también sus células pancréaticas propensas a tumores? Reed es un joven incisivo e inteligente. Tiene la creatividad y el físico de su padre, pero por fortuna no ha heredado su carácter tiránico y sus arrebatos de ira. Por el contrario, es encantador, amable, sensato y afectuoso. Ahí se nota la impronta de su madre, Laurene Powell, que ha dulcificado su herencia.


Cuando Powell dio a luz en 1991, llamaron al niño `bebé Jobs´ durante un par de semanas porque no se decidían con el nombre. Al final acabaron llamándolo Reed Paul (el primer nombre es el de la universidad de Jobs -donde apenas cursó un semestre- y el segundo, el de su padre adoptivo). Tiene dos hermanas: Erin Siena (16 años) y Eve (12 años). Pero el ojito derecho de Jobs siempre fue Reed, con el que mantuvo una estrecha relación. Cuando su padre se hallaba sentado a la mesa con aire huraño y mirando al suelo, lo cual ocurría a menudo durante su enfermedad, lo único que garantizaba la luz en sus ojos era la entrada de Reed, escribe Isaacson. Reed lo adoraba. «Mi padre no es un frío hombre de negocios que solo busque los beneficios. Lo que le motiva es el amor por su obra y el orgullo por los productos que crea», se sinceró el chaval. Cuando todavía estaba en el instituto, Jobs se lo llevaba a las reuniones de la cúpula de Apple. En una ocasión lo arrastró a una reunión de la empresa en Hawái diciéndole: «Voy a participar en reuniones durante las 24 horas y quiero que asistas porque vas a aprender más cosas de lo que aprenderías en dos años estudiando Empresariales. Estarás en una sala con la mejor gente del mundo, se tomarán decisiones muy duras y conocerás todos los pormenores».


Steve Jobs hubiera deseado que Reed fuera su delfín, la esperanza blanca de Apple cuando él faltase. De hecho, la enfermedad de Jobs marcó el destino de su hijo, que comenzó a trabajar durante los veranos en un laboratorio de oncología en el que se secuenciaba ADN para encontrar marcadores genéticos del cáncer de colon. Uno de sus experimentos analizaba cómo las mutaciones viajan a través de las familias. Reed utilizó su estudio sobre el cáncer como base para el trabajo de graduación que presentó ante su clase en el instituto. En la actualidad estudia Medicina en la universidad de Stanford. Su meta es hallar algún día un remedio contra el cáncer. «Una de las poquísimas ventajas de que yo cayera enfermo es que Reed ha podido pasar mucho tiempo estudiando con algunos médicos muy buenos», comentó Jobs.


«Su entusiasmo es igual al que yo sentía por los ordenadores a su edad. Creo que las mayores innovaciones del siglo XXI nacerán en la intersección entre la biología y la tecnología. Es el comienzo de una nueva era, como ocurrió con la digital en mi juventud».


No debe de ser fácil ser hijo de alguien tan indomable y competitivo como Jobs. O como Bill Gates. Y si no que le pregunten a su hijo, Rory John (12). Un manto de discreción los rodea a él y a sus hermanas: Jennifer Katherine (15 años) y Phoebe Adele (9). Y lo poco que se sabe de él es que apenas heredará un ínfimo porcentaje de la descomunal fortuna de su padre: 56.000 millones de dólares. Y es que Bill y su esposa, Melinda, consideran que la extrema riqueza es una carga. «A nuestros hijos les dejaremos algo de dinero, pero poco. Mi mujer y yo lo hemos hablado. No creemos que tanto dinero sea bueno. Contarán con ventajas, recibirán una educación increíble y tendrán cubiertos sus gastos de salud. Pero queremos que tengan la necesidad de trabajar. Que el dinero no les corte las alas, pero que tampoco sea una preocupación. ¿Hay una cifra mágica para llegar a ese equilibrio?», se pregunta Gates. Puede que sí. Al parecer, Rory y sus hermanas recibirán diez millones de dólares cada uno, aunque de momento deben conformarse con una asignación semanal no muy diferente a la de cualquier adolescente de clase media. El matrimonio Gates ha contagiado a su hijo su pasión por la filantropía y el trabajo voluntario. El adolescente ha trabajado en un banco de alimentos de Seatle y han acompañado a sus padres a un viaje a África. Por cierto, que en casa tiene prohibidos los productos de la competencia; en especial, de Apple. Nada de iPhones, iPads o iPods... «Tienen los equivalentes en Windows, como el reproductor musical Zune», matizó Gates... antes de enterrar este producto.


Un ejemplo de alguien que ha sabido labrarse un camino en la vida más allá de la alargada sombra de papá es el de David Ellison, de 25 años, heredero del imperio informático Oracle (39.000 millones de dólares), creado por Larry Ellison. Una curiosidad: cuando estaban de visita en el hogar de los Jobs, Reed llamaba a Larry y su hijo «nuestros amigos ricos» porque le chocaba el contraste entre los caprichosos modales de sus huéspedes y los hábitos espartanos que regían en casa. David, que iba camino de ser un frívolo y mimado insoportable, se ha convertido en un respetado productor de cine. Y no en uno cualquiera. Se ha sabido ganar a los hermanos Coen, a los que produjo Valor de ley.

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