La crisis que vino de EEUU arrastra a Europa a la recesión
Estefanía Narrillos
Bruselas, 12 dic (EFE).- Después de Estados Unidos, la crisis llegó este año a Europa, donde las autoridades se han visto obligadas a intervenir para evitar el derrumbe de grandes entidades y a diseñar planes millonarios para luchar contra la recesión.
Tras unos meses de moderado optimismo ante la posibilidad de que los problemas más graves se quedaran al otro lado del Atlántico, pronto quedó claro que el sistema financiero europeo no iba a esquivar la onda expansiva originada en EEUU y, peor aún, que la crisis financiera se trasladaba a la economía real.
Entre los bancos, la primera gran víctima de este año -en 2007 ya estuvo a punto de caer el británico Northern Rock- fue el belga-holandés Fortis, que tuvo que ser rescatado en una operación conjunta de los Estados belga, holandés y luxemburgués para impedir su quiebra y que acabó troceado, con el grueso del negocio en manos del Estado holandés y del francés BNP Paribas.
El terremoto financiero no se quedó ahí y las operaciones de salvamento y nacionalizaciones se repitieron en otros países, como Reino Unido (HBOS, B&B), Francia (Dexia), Alemania (Hypo Real Estate) y Portugal (BPN), tras ponerse de acuerdo los gobiernos de la UE en evitar a cualquier precio "un Lehman Brothers europeo".
Las ayudas públicas, que en principio iban a estar limitadas a los bancos en riesgo de desplome, acabaron extendidas a todas las entidades con problemas para encontrar financiación -en un contexto de sequía de crédito y desconfianza creciente-, bien en forma de avales o de inyecciones de capital.
Pero ni las dificultades en el sector financiero se han resuelto ni se ha evitado el contagio de los problemas al sector productivo.
Más allá de la definición teórica de la situación -se considera que una economía está en recesión cuando el PIB se reduce dos trimestres seguidos-, nadie discute que, a consecuencia de las turbulencias financieras, Europa se ha hundido en una grave crisis, con caídas del consumo y la inversión, menor creación de empleo y la confianza en niveles históricamente bajos.
Las perspectivas de futuro son, además, oscuras, según las previsiones de todos los organismos internacionales, que vaticinan que la contracción en el Viejo Continente será aún más fuerte en 2009.
Los tres recortes de los tipos de interés adoptados por el Banco Central Europeo en menos de dos meses, entre octubre y diciembre, que han dejado el precio del dinero en la eurozona en el 2,5 por ciento (su nivel más bajo desde mayo de 2006) son una muestra clara de la preocupación ante la más que evidente ralentización.
La inflación es, en este contexto de pesimismo generalizado, el único punto positivo, ya que, empujada por la bajada del petróleo y otras materias primas, ha registrado en los últimos meses del año una brusca corrección, hasta rondar el 2 por ciento en los países del euro.
Los gobiernos europeos, ya reconvertidos al intervencionismo con las operaciones de rescate en el sector financiero, han decidido seguir la misma senda en política económica y han adoptado voluminosos planes de reactivación, con la esperanza de retomar pronto la senda del crecimiento y la creación de empleo.
Está por ver si estos planes surten el efecto deseado, pero de lo que no hay duda es de que traerán consigo aumentos importantes del déficit público.
Un problema, el de las cuentas públicas, que parece menor en el caso de Islandia, el país europeo más castigado por las turbulencias financieras, que sólo se libró este año del colapso por sendos préstamos de urgencia de los países nórdicos, Polonia y Rusia, por un lado, y del FMI, por otro.
La economía islandesa, que había vivido una fuerte expansión los últimos años basada, sobre todo, en el desarrollo del sector financiero, saltó por los aires a consecuencia de las tensiones en los mercados mundiales, que obligaron a la nacionalización de los tres principales bancos del país y provocaron el hundimiento de la divisa.