20 de Marzo, 07:03 am

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sospechas sobre su fiabilidad

¿Cómo hace China sus números?

Tom Orlik

Los datos económicos oficiales de China son escasos en los detalles, opacos en la metodología y notables en problemas que alimentan las sospechas de que se han modificado con fines políticos. Pero en el último trimestre de 2018 hubo algo más. Según la Oficina de Estadísticas china, en los últimos tres meses de 2018 la economía se expandió un 6,4 por ciento respecto al año anterior.

Esto supone un descenso desde el 6,5 por ciento registrado el trimestre anterior y el ritmo más lento desde la gran crisis financiera. Pero no es un desastre: con un crecimiento de todo el año en un 6,6 por ciento, Beijing todavía puede proclamar el éxito de alcanzar su meta del 6,5 por ciento. Los datos publicados por el gobierno estaban en línea con las estimaciones de Bloomberg Economics, posiblemente una coincidencia. Ciertamente, es demasiado pronto para dejar en el olvido décadas de sospechas sobre los datos económicos de China. El primer ministro Li Keqiang una vez rechazó los números por estar «hechos por el hombre». 

Las principales provincias, incluida Liaoning, donde Li fue secretario del Partido Comunista, han confesado un fraude estadístico a gran escala. La misma velocidad con la que se recopilan las cifras, solo tres semanas, para medir la evolución de una economía de 13,5 billones de dólares, plantea dudas sobre su credibilidad.

Más grave aún: el producto interior bruto (PIB) de China y otros indicadores analizados por los inversores están envueltos en una gran suavidad, mientras que los de otras naciones rebotan de un trimestre a otro.

¿Qué está pasando?

De media, la tasa de crecimiento del PIB de China ha cambiado 0,2 puntos porcentuales cada trimestre desde 2011, menos de la mitad del de los Estados Unidos. Es por eso que los economistas intentan resolver lo que realmente está pasando a través de una gama de indicadores.

Bloomberg, por ejemplo, tiene en cuenta tres: un rastreador de PIB mensual basado en una media ponderada de indicadores de actividad, como la producción industrial y las ventas minoristas; un índice de electricidad que tiene en cuenta la energía consumida por la manufactura, los servicios y la agricultura, ajustada por la participación de cada sector en el PIB; y el Índice Li Keqiang, que se inspiró en la sugerencia del primer ministro de que la electricidad, el transporte ferroviario y los préstamos bancarios proporcionan una guía de crecimiento más fiable que los datos oficiales.

Estos barómetros alternativos no siempre se alinean con los datos oficiales del PIB. En 2015, por ejemplo, los números de Bloomberg y los de una serie de economistas independientes (la obtención de variables del PIB de China es algo así como una industria casera), apuntaban que el crecimiento podía haber caído al 5 por ciento o menos. Para el último trimestre, sin embargo, los medidores oficiales e independientes coinciden más o menos.

Para entender lo que está pasando, es necesario dar un pequeño rodeo a la historia de las estadísticas económicas de China. Volviendo a la era de Mao, la principal fuente de distorsiones en los datos fue un conflicto de interés los funcionarios chinos a nivel provincial. Los jefes provinciales se encargaban de informar sobre el crecimiento de sus economías locales y eran evaluados por Beijing en función de esos datos.

En 1998, cuando la crisis financiera de Asia afectó a los vecinos de China, el impacto de ese conflicto era evidente. Los datos, sobre todo desde el consumo de energía hasta el transporte aéreo, mostraron un crecimiento plano.

Disparidad de datos

El profesor Thomas Rawski, experto en economía de China en la Universidad de Pittsburgh, estimó que la economía de China se expandió en un 2,2 por ciento o menos en ese año, mientras que la lectura oficial fue del 7,8 por ciento.

La disparidad era tan evidente que el liderazgo de China no tuvo más remedio que actuar. El entonces primer ministro Zhu Rongji habló de un «viento de falsificación» que barrió el sistema estadístico. En los años siguientes, las reformas de gran alcance intentaron eliminar el impacto de la exageración local de los datos. La Oficina de Estadísticas en Beijing asumió un papel más amplio y los funcionarios locales que falseaban los datos fueron expulsados.

Esas reformas no eliminaron los conflictos de interés en el nivel superior. Los líderes nacionales establecen un objetivo de PIB y sufren un golpe en su credibilidad si no lo logran. Por eso, todo apunta a un «masaje» de las cifras si no están en línea con los objetivos del Gobierno.

Una narrativa alternativa posible, pero no verificable, sobre el crecimiento de China en los últimos años sería así: la desaceleración en 2015 fue más aguda de lo que se informó. Eso es lo que sugieren los indicadores. También es consistente con el colapso en el mercado de valores de China y el pánico a una devaluación sorpresa del yuan.

Con la política del gobierno cambiando agresivamente para apoyar el crecimiento, el rebote en 2016 y principios de 2017 fue más pronunciado de lo que muestran las estadísticas oficiales. En 2018, la guerra comercial del presidente Donald Trump y la campaña de reducción de la deuda del presidente Xi Jinping comenzaron a pasar factura y la economía comenzó a desacelerarse. 

Mirando hacia adelante, dos factores dan motivo para el optimismo. Primero, en un discurso al comienzo de sus seis años de presidencia, Xi Jinping declaró que el crecimiento debería ser «genuino, sin nada adicional». 

Segundo, a medida que el sistema financiero de China se abre a la inversión global, los datos fiables son un elemento esencial de la confianza. Con los incentivos alineados en torno a informes precisos, tal vez la última publicación del PIB marque el comienzo de una tendencia.

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