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El juego sucio de la banca australiana

Emily Cadman

Tras superar la crisis de 2008 sin apenas un rasguño, para la mayoría de los observadores, los bancos australianos eran un dechado de virtudes. Nada más lejos de la realidad; o, al menos, eso opina Jeff Morris, planificador financiero del Commonwealth Bank of Australia, la mayor entidad crediticia del país. Desde dentro, fue testigo de una cultura tóxica y obsesionada con las bonificaciones, en la que los empleados más brillantes falseaban documentos e incitaban a los clientes a realizar, sin ser plenamente conscientes de ello, inversiones de alto riesgo que fracasaban con frecuencia. «Presencié cómo se cernían como carroñeros sobre gente inocente», afirma. 

Morris no se quedó de brazos cruzados: formuló sus acusaciones contra la Comisión Australiana de Valores e Inversiones en 2008. Después, convencido de que aquellos problemas sistémicos estaban barriéndose debajo de la alfombra, hizo públicas sus inquietudes en el año 2013, provocando un enfurecimiento generalizado. Cinco años después, los anteriormente laureados financieros australianos debían rendir cuentas. En marzo, el Gobierno inició una investigación de estas irregularidades financieras que desveló una cadena aparentemente interminable de escándalos, entre los que se incluían el cobro de servicios a personas ya fallecidas, engaños a los supervisores, aceptaciones de sobornos e incitación a clientes a realizar malas inversiones y que, incluso, llegaron a perder sus casas.
Durante la investigación se identificaron miles de infracciones, algunas de las cuales pueden conducir a la imposición de sanciones penales. Los líderes de los bancos australianos, incluido Matt Comyn, presidente del Commonwealth Bank, se deshicieron en disculpas. No obstante, más allá de los escándalos relativos a la manipulación de tipos, operaciones de 'front running' con divisas e incumplimientos de la legislación contra el blanqueo de capitales, los hallazgos de la investigación marcaron un punto de inflexión para la tolerancia pública y política.

Esta mala praxis de los banqueros constituyó un elemento fundamental en las elecciones nacionales del año siguiente; la situación solo podía empeorar. Según un estudio reciente del Instituto de Gobernanza de Australia, los australianos clasifican el sector financiero como el menos ético de la economía. «Las instituciones deben pensar en los efectos de un comportamiento satisfactorio desde el punto de vista financiero», apunta Fahmi Hosain, exdirector de cultura y gobierno de la Autoridad Australiana de Regulación Prudencial, supervisora del sector financiero. 

Problemas actuales

Es probable que el excelente rendimiento australiano durante la crisis mundial sentase las bases para sus problemas actuales, sus bancos esquivaron los créditos hipotecarios de alto riesgo y los rescates a los gobiernos, que deterioraron la solidez de la mayoría de sus homólogos en el mundo desarrollado, evitando ser objeto de gran parte de la supervisión interna y externa que podría haber frenado estos comportamientos cuestionables. Como declaró en mayo el extesorero australiano Peter Costello, actual presidente del fondo soberano nacional, en el grupo de investigación del Centro de Estudios Independientes: «Los bancos comenzaron a creerse inquebrantables». Comenzaron a mirar más por sus beneficios y sueldos y «perdieron de vista a los clientes».

No obstante, ninguno de los comportamientos investigados es exclusivo de Australia. Por ejemplo, el escándalo de la manipulación de tipos salpica también al modelo del Libor fijo de Reino Unido; la cultura de venta a toda costa descrita por Morris, por su parte, presenta paralelismos con el escándalo de las cuentas falsas de Wells Fargo & Co. en 2016. Aunque dichos incidentes suscitaron breves brotes de ira popular, se han desvanecido casi por completo entre la opinión de los ciudadanos debido a las disputas relativas al 'Brexit' y a Trump.

Existen motivos para creer que los australianos serán menos indulgentes, dada la ingente cantidad de malas praxis descritas por la denominada Comisión Real de investigación. Las cuatro entidades crediticias principales (Commonwealth Bank, Westpac Banking, National Australia Bank, y Australia & New Zealand Banking Group) han estado implicadas de uno u otro modo, al igual que AMP Ltd. uno de los mayores gestores de fondos. Esto significa que muchos australianos conocen a alguien que se haya visto afectado por los escándalos.

Presión

La Comisión Real, descrita por un antiguo regulador como «prácticamente un juicio sin defensa» ha copado numerosos titulares en los últimos seis meses. En las comparecencias han declarado una sucesión de ejecutivos que luchaban por responder a cuestiones sobre los errores cometidos en sus compañías. Varios de ellos languidecieron con la presión. Los analistas de fondos esperan ya un marco normativo más restrictivo: prevén una caída del 7 por ciento del beneficio de los bancos australianos durante los próximos 12 meses, frente a un 9 por ciento de beneficio de todas las compañías en el índice bursátil de referencia del país, según los datos de Bloomberg.

El sector financiero comienza a hacer limpieza. Commonwealth, National Australia, y ANZ, que acumulan un elevado número de denuncias por malas praxis, están desplegando sus unidades de gestión de patrimonio: tanto el presidente como el director general de AMP han dimitido. El sector se ha comprometido a reducir la importancia de las ventas en la remuneración de los empleados y a implantar un sistema de revisiones más estricto para eliminar problemas con el personal, según la Australian Banking Association. «Considero que la organización es ahora mucho más humilde», declaró Comyn en el informe financiero anual presentado en agosto. «Recordaremos las consecuencias y lo que nos condujo a ellas y nos aseguraremos de que no se repitan esos mismos errores».
Morris, el denunciante, dejó su trabajo en el Commonwealth Bank después de hacer públicas sus declaraciones y actualmente se encuentra prácticamente jubilado. Espera que el cambio ya esté en marcha, pero considera que son necesarias reformas mucho más profundas. «Existen evidencias de que la situación está empezando a volverse en contra de los bancos», afirma. «No obstante, el riesgo reside ahora en que tan solo hayamos soterrado este comportamiento durante un par de años».

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