22 de Marzo, 05:35 am

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inversión

Venciendo a Goliat

Janet Lorin

Desde su despacho en su casa de Charlotte, Carolina del Norte, uno de los inversores más exitosos del ámbito universitario se gana la vida completamente a oscuras. Bill Abt no utiliza los servicios de ningún típico grupo de traders de bonos. No se prodiga en los fondos de capital riesgo y fondos de cobertura más sofisticados de Silicon Valley, ni en los concursos de los últimos inventos por ordenador de las ligas universitarias de Física o Matemáticas. 

Sin embargo, Abt obtiene rendimientos en nombre de la Universidad de Carthage, en Kenosha, Wisconsin, que superan los fondos de 37.000 millones de dólares de Harvard y muchos otros. En los diez últimos ejercicios, hasta el 30 de junio de 2017, este antiguo directivo de una compañía de cerveza obtuvo un rendimiento medio de un 6,2 por ciento anual, según la universidad. Este resultado supera al 90 por ciento de sus homólogos, según los datos de la Asociación Nacional de Gestores de Universidades. La dotación de Harvard, la mayor del país, obtuvo apenas un 4,4 por ciento anual en el mismo periodo, en parte por las fuertes pérdidas en inversiones en madera y terrenos de cultivo. 

En Carthage, la forma de pensar de Abt era más de andar por casa: principalmente fondos indexados que replican el mercado de Vanguard Group Inc., los mismos fondos al que recurren legiones de inversores particulares por cuenta propia. ¿Por qué no es más habitual que confíen en los índices las personas responsables de gestionar las dotaciones de las universidades de todo el país, valoradas en medio billón de dólares? «Puede que sea demasiado simple», afirma Abt. 

Los fondos de Vanguard aplican comisiones a inversores institucionales de apenas el 0,035 por ciento anual de sus activos, en comparación con el 2 por ciento, más una cuota de los beneficios, con apalancamiento por parte de algunos fondos de capital privado y de cobertura. Los servicios de Abt tampoco salen caros, al menos en comparación con la media de Wall Street. Su único puesto actualmente es el de responsable de inversión, pero cuando sus obligaciones administrativas en Carthage incluían también desde la gestión de personal hasta la tecnología o los deportes, sus emolumentos eran de 250.000 dólares al año. (Desde 2010 hasta 2014, Harvard pagó a 11 gestores de inversión de primera línea un total de 242 millones de dólares). Subestimar a Carthage sería un flaco favor para un montón de gente de a pie: esta universidad se las arregla con una dotación de cerca de 120 millones de dólares, menos que lo que recibió Harvard en una única donación en 2014 del ingente fondo de cobertura y antiguo alumno Kenneth Griffin.

Cabe mencionar que la estrategia de Abt se ha beneficiado de un mercado que ha sido alcista durante mucho tiempo. A través de los fondos de Vanguard, la dotación de Carthage a día de hoy se encuentra en un 90 por ciento en acciones cotizadas. La dotación media, que cuenta con mitad del capital en inversiones alternativas como fondos de cobertura, capital privado y capital riesgo, está más diversificada. Pero ese tipo de diversificación no siempre ha ayudado a sortear los golpes de los desplomes bursátiles. Tanto Harvard como Yale perdieron cerca del 25 por ciento en el ejercicio 2009, mientras que Carthage perdió un 21 por ciento. Abt afirma que su dotación, que fundamentalmente está invirtiendo a perpetuidad, puede esperar a que se corrijan los bandazos del mercado. Solamente supone entre el 3 y el 5 por ciento del presupuesto anual de Carthage, en comparación con más de la tercera parte que supone la de Harvard, donde la dotación sirve para sufragar a profesores estrella, ingentes operaciones de investigación y algunas de las ayudas financieras más generosas del país.

En Harvard, los antiguos alumnos de la promoción del 69, hartos de los malos resultados, escribieron una carta en febrero al presidente entrante sugiriendo que la universidad comprara fondos indexados. Su nuevo director de dotaciones no parece haber tomado mucha nota. «Narvekar está volviendo a una estrategia típica de Yale de buscar a los gestores estrella». Harvard ha declinado realizar declaraciones al respecto. 

Charles Ellis, antiguo miembro del consejo de administración de Vanguard, y en su día presidente del comité de inversión de Yale, afirma que los gestores más activos tuvieron ventajas en su día, pero ahora ya no. «Hoy en día, todo el mundo sabe todo a la vez», afirma. Abt llegó a la misma conclusión antes que la mayoría. Tras acabar sus estudios en la escuela de negocios de la Universidad de Temple, trabajó durante 25 años en una fábrica de cerveza, ocupando diferentes puestos en Joseph Schlitz Brewing Co. y la compañía sucesora, Stroh Brewery Co. Se marchó en 1990, cuando se vendió la fábrica que dirigía. 

Un compañero del sector de la cerveza le dijo que podría prestar sus servicios en una universidad local. Carthage se fundó originalmente en Illinois por la comunidad luterana y contó entre sus administradores con Abraham Lincoln. Como muchas otras universidades pequeñas del medio oeste del país, sufría las consecuencias de la caída de la población en edad universitaria en aquella región. La universidad solamente contaba con 1.200 alumnos matriculados cuando contrató a Abt como director de negocios en 2000. Una de sus primeras tareas fue crear una estrategia para su dotación, de 30 millones de dólares por aquel entonces. «Aquello era una oda a los fondos de cobertura», afirma Ed Smeds, presidente por aquel entonces del consejo de Carthage. Este antiguo directivo de Kraft Foods afirma que para el consejo aquellas inversiones resultaban algo desconcertantes. «Se veía la perplejidad en la mirada de los consejeros», afirma. Abt y Smeds sugirieron optar por índices. Desde entonces, la dotación de Carthage ha multiplicado su volumen por cuatro. No solo gracias a los buenos resultados. La universidad ha aumentado su número de estudiantes hasta los 3.000, lo que ha ayudado a mejorar su situación financiera. 

Abt se jubilará en junio y puede que no tenga sustituto. El comité de inversión, formado por voluntarios, asumiría las funciones del actual responsable. Se produciría una situación que pondría los pelos de punta en Wall Street: gente gestionando dinero sin ánimo de lucro.

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