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economía global

La marea roja se extiende por el Caribe

Ezra Fieser

A medida que el pasado año los suministros de crudo de Venezuela, su viejo aliado, iban menguando, Cuba comenzaba a apagar las luces de los despachos estatales y a cerrar las refinerías de petróleo. En aquel momento, La Habana se dirigió a otros de sus amigos de toda la vida en busca de ayuda: Rusia. A comienzos de mayo, el Kremlin envió un petrolero lleno de combustible a través del Atlántico como parte de un acuerdo para que la isla comunista siguiese funcionando durante tres meses. Fue el primer envío de estas características que Cuba recibió en años de su antiguo benefactor, pero no la única muestra de que Rusia ha vuelto a la Cuenca del Caribe, una región que casi abandonó por completo tras la Guerra Fría. Moscú está construyendo una estación de seguimiento por satélite en Managua y valorando la posibilidad de abrir de nuevo las bases militares de la era soviética en la región. Asimismo, está estrechando sus lazos económicos y repartiendo ayuda a los países de América Central y del Caribe. Su presidente, Vladimir Putin, se ofreció incluso a restaurar el edificio del Capitolio en La Habana, que guarda un asombroso parecido con el de Washington. 

«Puede que estemos ante la forma elegida por los rusos de decir a los gringos: 'Tened cuidado, podemos volver a vuestro terreno de juego'» comenta Jorge Piñon, ¬director del Programa de Energía de América Latina y Caribe en la Universidad de Texas, situada en Austin, que calcula que los cargamentos de combustible rusos con destino a Cuba tienen un valor superior a los 100 millones de dólares. «También podemos estar ante un compromiso estratégico a largo plazo y que este sea el primer componente de una inversión considerable en la región».

China también ha incrementado su presencia en el Caribe. Las compañías chinas y el gobierno han destinado 6.000 millones de dólares en la zona desde 2012, siguiendo un cómputo de grandes inversiones realizado por el American Enterprise Institute. El interés de Beijing no es solo económico: quiere convencer a República Dominicana y otros 10 países de la región de que rompan lazos diplomáticos con Taiwán, en un intento por limitar el papel de su rival en el plano internacional. (Solo 21 países de todo el mundo reconocen formalmente a la República de China, a la que Beijing considera una provincia rebelde.) Un diplomático de un país caribeño, que prefiere mantener el anonimato, prevé que sean varios los países que cambien de aliados en el próximo año o en dos años, a medida que vaya entrando más dinero chino: «Veremos a esos países salir de Taiwán en manada».

Promesas de ayuda

Incluso antes de que Donald Trump apuntara a que EE.UU. iba a rebajar su papel global siguiendo su política de America First, China y Rusia ya empleaban su tamaño y sus recursos para ganarse a pequeños países, en su mayoría pobres, con promesas de ayuda, respaldo militar e inversiones variopintas que van desde un estadio de cricquet hasta el proyecto para la construcción de un gran canal en Nicaragua. «Tanto Rusia como China saben de la importancia geopolítica de la región debido a su proximidad a EE.UU.», comenta Ellis, profesor de Estudios Latinoamericanos en el U.S. Army War College Strategic Studies Institute en Carlisle, Pensilvania. «La diferencia es que mientras que China quiere incrementar su presencia económica con vistas a ir poco a poco posicionándose, la intención de los rusos es la contraria: quieren usar su presencia como forma de provocación».

Nikolay Smirnov, embajador de Rusia para el Sur del Caribe y destinado a la Guayana, niega que Rusia esté tratando de provocar a EE.UU. En su lugar, recalca la posibilidad de se incremente la colaboración entre Rusia y países de la región en cuestiones como el cambio climático, el comercio y la lucha contra el tráfico de drogas. «La política exterior de la Rusia moderna da oportunidades a todos los países, pequeños o grandes, con vistas a que participen en alianzas económicas y políticas», comenta Smirnov. «Nuestra posición se fundamenta en no inmiscuirnos en las relaciones de otros y en no competir contra los intereses de terceros». 

EE.UU. sigue siendo la fuerza económica dominante en América Central y en el Caribe, con aproximadamente 80.000 millones de dólares en comercio bilateral el pasado año, con arreglo a los datos de la Oficina del Censo estadounidense. También es la única fuente importante de inversión directa extranjera de la región, con 18.000 millones de dólares el pasado año, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas. No obstante, el presupuesto que propone Trump prevé una reducción de casi el 40 por ciento de la ayuda destinada a los países de Centroamérica, con arreglo a un análisis de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, una organización defensora de los derechos humanos. 

Entretanto, Rusia no solo ha ido repartiendo ayuda a las pequeñas islas caribeñas sino que también ha condonado 32.000 millones de dólares de deuda cubana. El capital chino ha entrado en proyectos de hoteles en Barbados y en centrales eléctricas en Haití. En Jamaica, donde el pasado año se inauguró una autopista de peaje que se conoce como Beijing Highway y que ha costado 730.000 millones de dólares, los proyectos de infraestructura con financiación china se consideran clave para que el país escape de una década de recesión económica, comenta Anelia Nelson, empleada de Jamaica Promotions Corp., una agencia cuasi gubernamental. 

En abril, el almirante de la Marina estadounidense Kurt Tidd, responsable del Comando Sur, comunicó al Congreso que estaba preocupado por el ejercicio de 'poder blando' de China en la región, así como por la mayor presencia del ejército ruso. «Incluso aquellas actividades que aparentemente son favorables, pueden emplearse para dar forma a una influencia maligna», comentó.

Veamos el ejemplo de Nicaragua, cuyo presidente Daniel Ortega se refiere a Putin como su 'hermano'. Desde que ambos países acordaron estrechar sus lazos militares hace dos años, Rusia ha anclado sus buques de guerra en puertos nicaragüenses y ha proporcionado al país centroamericano tanques, aviones y armamento. Además, está dando los últimos retoques a una estación de seguimiento de satélites GPS. Su ubicación, próxima a la embajada de EE.UU., ha despertado sospechas de que también pueda usarse para espiar a EE.UU. y a sus aliados.

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