21 de Enero, 05:48 am

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RESEÑA DEL ÚLTIMO LIBRO DE ANTÓN COSTAS

Una desconcertante crisis de distribución: cómo salir de aquí

Antón Costas, economista, consejero de varias empresas y presidente del Círculo de Economía, acaba de publicar El final del desconcierto. Un nuevo contrato social para que España funcione. Reconforta el diagnóstico que a través de numerosos artículos, intervenciones en debates, y ahora con este libro, ha ido realizando sobre la situación social de España y sobre las causas y las consecuencias de la crisis económica. Reconforta y no precisamente por su visión optimista sobre la situación social de España. Sino porque sólo desde la denuncia sosegada de lo que ocurre se pueden poner sobre la mesa propuestas de calado para resolver los problemas. Y Antón Costas no sólo ofrece su diagnóstico, sino que también sugiere soluciones en el volumen editado por Península. 

"Nada hacía suponer que fuéramos a ser el país de la Unión Europea que iba a experimentar con mayor dureza sus consecuencias económicas y sociales. Pensaba que nuestra economía de mercado y nuestro Estado de bienestar eran comparables a los de los países europeos más avanzados. Y que tenían suficiente capacidad para amortiguar los impactos económicos de la crisis y aliviar los daños sociales provocados por el desempleo y la caída de ingresos de los hogares más débiles. Pero no ha sido así", describe Costas. 

"Además, haciendo buena la lección de la historia que señala que toda crisis económica mal gestionada acaba transformándose en una crisis para la democracia, la crisis española ha venido acompañada también de un inesperado deterioro de la vida política. España ha sido el país europeo donde la confianza en la democracia ha sufrido una caída más abrupta (...) El deterioro político no se ha circunscrito al sistema de partidos y a la gobernabilidad, sino que ha alcanzado al propio Estado. El malestar con el funcionamiento del Estado de las Autonomías y, especialmente, el reto independentista catalán han introducido un sentimiento de fragilidad e incertidumbre política muy elevada". 

Por ello, lo que siente Antón Costas es desconcierto "con la intensidad de la crisis y con el desempleo; con la enorme desigualdad y con la pobreza; con las crisis bancarias y las conductas fraudulentas y delictivas que han hecho aflorar; con la fuerte corrupción política; con los recortes de gastos en educación y sanidad; con las reformas sociales inequitativas; con el caos político; con la aparición del populismo; con el hecho de que más de dos tercios de los jóvenes entre 19 y 33 años no estén emancipados y vivan aún con sus padres". 

La ruptura del contrato social de la Transición

Antón Costas sostiene que se ha roto el contrato social, el pegamento interclasista, la clave de bóveda de la cohesión social, el legitmador del orden establecido, que pervivía en España desde la Transición. Un contrato social basado en la confianza en que la prosperidad económica iba a ser inclusiva, en que se iban a redistribuir los frutos de la prosperidad a través del Estado del Bienestar, en definitiva, en el establecimiento de una serie de derechos y obligaciones que perseguían el bien común. 

La ruptura comenzó, cuenta Costas, antes del estallido de la crisis: entre finales del siglo XX y principios del siglo XXI, los salarios reales de los trabajadores comenzaron a caer y, en paralelo, subieron las retribuciones de directivos y los beneficios de las empresas. La recesión económica sólo acentuó una tendencia preexistente de incremento de las desigualdades y la pobreza de los más pobres. La recesión dejó al descubierto cómo los mimbres sociales se estaban comenzando a pudrir. 

El contrato social que trajo la Transición democrática a España no es originario de nuestro país. No es más que la traslación tardía del consenso keynesiano, o socialdemócrata, que trajo la segunda posguerra mundial y que hizo posible la era más próspera, más igualitaria, y de más oportunidades de escalar socialmente para la clase trabajadora de toda la historia de la Humanidad. El problema es que a España llegó cuando en todo el mundo este modelo comenzaba a estar en cuestión, a partir de la crisis del petróleo de 1973 y, sobre todo, a partir de la llegada al poder en Estados Unidos y en el Reino Unido, de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, respectivamente. 

En España, el arreglo no fue sólo entre capital y trabajo, tuvo también una dimensión más original, como señala Costas: la inclusión del reparto del poder entre el Estado Central y las Comunidades Autónomas.

Podemos y Asamblea Nacional Catalana, hijos de un mismo mal

La ruptura del contrato social comenzó antes del estallido de la crisis económica. Pero la recesión y, sobre todo, las políticas de austeridad, así como el uso de dinero público para rescatar bancos y la amnistía fiscal para los defraudadores terminaron de acabar con él. La percepción de injusta distribución de los costes y los beneficios del sistema se acrecentó. Y, ante ello, dos respuestas que Costas señala una detrás de otra, unidas de la mano: Podemos, que quebró el bipartidismo en la política estatal, y la Asamblea Nacional Catalana, que arrebató la hegemonía de PSOE y CiU en Cataluña. 

El desconcierto y el descontento aumentan si tenemos en cuenta que la recuperación económica se está produciendo "sin progreso social": "La recuperación de la actividad económica y de los beneficios empresariales no ha logrado restañar las heridas sociales. Los beneficios de la recuperación no llegan a todos". Ante ello, Costas propone medidas para evitar la cronificación de la pobreza de un elevado porcentaje de la población y para aumentar la renta disponible de los hogares. Y las políticas redistribuidoras, según el autor, no son suficientes. Hay que asegurar, además, la estabilidad económica, la eficiencia de los mercados y el buen funcionamiento de la democracia.

La recuperación económica desigual está coincidiendo con la emergencia de la economía digital que Costas también analiza como posible amenaza para la calidad del empleo y la desigualdad. Un riesgo que no se está contemplando suficientemente, como tampoco se hizo en su momento con la globalización económica cuyas bondades destacaron y apoyaron en primer lugar los socialdemócratas, el centro-izquierda reconvertido en Tercera Vía apoyado, paradójicamente, en teorías ultraconservadoras como el del final de la historia de Francis Fukuyama y el triunfo definitivo del capitalismo. Ahora, ese "socialismo" está perdiendo apoyos electorales en los principales países de Europa, a excepción, quizás, de Laborismo británico, que parece renegar del legado de Tony Blair.

Y son los perdedores de la globalización, pero no sólo ellos, sino también los que tienen miedo al futuro del mundo laboral amenazado por el avance tecnológico, quienes constituyen la base social de los "populismos" que han emergido en España y en otros países europeos como alternativas electorales. En definitiva, a los perdedores de la última ola de prosperidad que ha vivido el mundo se han unido los que se ven a sí mismos perdedores de la próxima era de progreso que le espera a la economía. Muy probablemente son los segundos, sobre todo miembros de las clases medias profesionales, los más abundantes en las bases sociales de los nuevos populismos. 

Populismo e independentismo en Cataluña

Bajo la etiqueta de "populista" Antón Costas también incluye al independentismo catalán, al que dedica muchas páginas: "El independentismo puede ser visto como una manifestación específicamente catalana de la revuelta popular de 2011, coincidiendo con el giro en la tolerancia hacia la desigualdad que trajo la política de austeridad. Surgió en los bordes de los partidos políticos catalanes tradicionales y como manifestación de la desconfianza sobre la capacidad de los partidos para recoger el malestar social y convertirse en un instrumento de transformación de la realidad económica y política. (...) El auge que tomó esta preferencia política para una parte de la población catalana sólo puede explicarse por el sentimiento de rabia y de indignación social que provocó la gestión política de la crisis, especialmente a partir de 2010 con la imposición de la política de austeridad y la caída de los salarios. Con el independentismo ha ocurrido algo similar al argumento referido para explicar el aumento del apoyo popular a los partidos radicales, tanto de derecha como de izquierda". 

Tal y como precisa Costas, "la base social del independentismo catalán viene en buena parte de las clases medias, profesionales y de funcionarios y empleados en los servicios públicos de la Generalitat. Es decir, de grupos sociales acomodados, no de los perdedores de la globalización, de los parados o del mundo obrero y popular. No es, por otro lado, un movimiento transversal dentro de la sociedad catalana"

Pero Costas distingue entre el sentimiento independentista y la cuestión catalana, ésta sí con una base social mucho más amplia. 

Propuestas para regenerar la economía

Planteados los problemas y las respuestas, a veces radicales, a ojos de Costas, que han surgido, el autor ordena y desarrolla los retos a los que hay que hacer frente para volver a coser la sociedad, para conseguir rehabilitar la cohesión social: lograr la estabilidad macroeconómica, es decir, que la economía española deje de ser tan maníaco-depresiva, que pasa de momentos de euforia a otros de profunda depresión. En segundo lugar, la eficiencia y la competencia, porque una de las razones de la reducción de la renta de los hogares obedece a que España no es competitiva en muchos sectores en los que opera, lo que provoca que los precios en nuestro país sean más altos que en otros de nuestro entorno y ello merma la renta disponible de las familias, algo que pesa especialmente en los hogares más pobres, fenómeno que denomina "la tijera de la pobreza": bajos ingresos y elevados precios. Por eso, Costas reivindica el valor social de la competencia: "La política de defensa de la competencia es en la actualidad una dimensión esencial de la política social contra la pobreza y la desigualdad". Asimismo, denuncia el exceso de capitalismo concesional y su causa, la colusión de negocios y política en España, una relación incestuosa que viene de muy lejos en nuestro país, desde los tiempos del Franquismo, si no de antes, y que la Transición y la entrada de España en Europa no atajó. En tercer lugar, la economía española ha de asegurar el crecimiento. Aunque no por sí solo (como estamos comprobando con la recuperación del PIB), la expansión económica es fundamental, dice Costas, para mejorar las condiciones de vida de la población. Y para asegurarlo, pone el foco en los que él denomina "fuentes olvidadas de la productividad": dimensión o tamaño de la empresa, modelo de gestión y clima laboral. 

El crecimiento no es suficiente: hay que redistribuir la riqueza

Y, como con sólo crecimiento no se arreglan los problemas sociales, Costas establece como cuarto reto de la economía española la redistribución de la riqueza. Apunta datos muy interesantes y que se pasan por alto la mayor parte de las veces: España ha sido el país donde más han aumentado la desigualdad y la pobreza. Los hogares a los que peor les ha ido durante la crisis ha sido a los más pobres: la caída de la renta disponible para el 30% de los hogares más pobres ha sido, de media, de un 20%, frente al descenso del 6,7% que ha sufrido el 40% de los hogares españoles con rentas medidas. Ello, entre 2007 y 2013. 

El aumento de la desigualdad ha sido fruto del mayor sufrimiento de los hogares más pobres y especialmente de los hogares con niños. La renta disponible que le queda al 20% de los hogares más pobres una vez pagados los gastos de vivienda se ha desplomado un 44% durante el periodo 2008-2015. "La renta disponible final que le queda a un hogar pobre con niños para otros gastos (educación, alimentación, ocio) después del pago de los gastos en vivienda era de 233 euros al mes en 2008 y de 130 euros en 2015". 

Señala y desarrolla los déficits de la recuperación económica en términos de cohesión social, como el hecho de que esté dejando atrás a los más jóvenes. Y la consecuencia de esta situación: "la desigualdad asesina al capitalismo y a la democracia", "la desigualdad rompe el contrato social que sirve de pegamento entre el capitalismo y la democracia. Y, así, aniquila el vínculo entre crecimiento y progreso social, deslegitima el sistema de libre empresa y daña el sistema de democracia representativa". 

La redistribución es también un seguro contra crisis financieras provocadas por un excesivo crecimiento del crédito: en los años previos al estallido de la crisis, en los años en los que ya se estaba incrementando la desigualdad de ingresos, las clases trabajadoras rellenaron las necesidades no cubiertas con sus salarios con créditos cada vez más fáciles. 

Democracia y nuevo contrato social

En la penúltima parte del libro, analiza la democracia y plantea ideas que la mejoran, como los Gobiernos de coalición, o que distorsionan su funcionamiento, como los intereses particulares, el cortoplacismo, las puertas giratorias o la corrupción. También introduce propuestas para un mejor funcionamiento del Estado de las Autonomías.

Y las últimas páginas las destina a explicar los retos a los que se enfrenta la creación de un nuevo contrato social y que recuerdan a las teorías de Ulrich Beck y la sociedad de la incertidumbre; o a las de Bauman y la sociedad líquida. También enumera e indica las características de los contratos sociales ahora ofertados (cosmopolita tecnocrático, populista de derechas, populista de izquierdas, liberal-socialdemócrata). Desarrolla con mayor extensión este último, que es el que ofrece a los franceses (y también a los europeos, con su idea de refundar Europa) el nuevo presidente Emmanuel Macron. Y plantea, para finalizar, conceptos en disputa, como el de Estado social, o la idea de progreso, con los que habrá que lidiar para elaborar el nuevo marco de convivencia.

Sin duda, la del libro de Antón Costas es una lectura interesante que ayuda a entender cómo hemos llegado hasta aquí tanto en lo económico, como en lo político y en lo social, y cuáles son los retos que ha de afrontar el país (y quizás el mundo) de ahora en adelante, que tienen un foco especial en una justa distribución de los bienes sociales y económicos. 

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