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Mercado de Tirso de Molina: vestigio de la II República junto a Madrid Río

M. J. Álvarez

Los vecinos del barrio de Puerta del Ángel, del distrito de Latina, conocen su particular historia que ha pasado de boca en boca y de generación en generación. Sin embargo, la mayoría de habitantes de la ciudad ignora que Madrid conserva uno de los pocos vestigios de la arquitectura civil de la Segunda República . Es el Mercado Municipal de Tirso de Molina, construido en 1932, que acaba de cumplir 85 años: el 29 de abril.

Este edificio de ladrillo visto de estilo neomudéjar y estructura protegida, obra de Luis Bellido, sobrevivió a la cruenta Guerra Civil y a los obuses, cuyas huellas conservan dos vigas del techo partidas en dos. Una vez dentro, parece que el tiempo se ha detenido y que retrocedemos a los años 50. Enclavado en lo que fue «zona roja», en pleno frente de batalla, estaba al lado de la Quinta del Sordo y del Lavadero del Manzanares, a pocos metros de lo que ahora se denomina Madrid Río.

Este mercado cargado de historia se llama Tirso de Molina porque era ahí donde estaba enclavada la plaza del mismo nombre, explica María Teresa García Pérez, gerente de la Asociación de Comerciantes, dependiente de la Concejalía de Equidad, Derechos Sociales y Empleo.

Tras la contienda, el paseo de Extremadura y zonas aledañas quedaron devastadas y el nombre del dramaturgo se mudó después a la plaza del centro de Madrid. Pero la lonja de Latina conservó su nombre y su escudo republicano, uno de los pocos que existen de esa época. Algunos dicen que fue «amnistiado» por Franco. La gerente sonríe: «¡A saber qué ocurrió!». Su origen se remonta al plan que impulsó Manuel Azaña para construir mercados de barrio y de abastos que reunieran las debidas condiciones higiénicas-sanitarias. Y ahí sigue hoy, entre las calles que llevan el nombre de dos reinas de Castilla: Doña Urraca y Doña Berenguela.

Ahora está en plena fase de renovación. «Después de verano abrirán dos restaurantes, tres bares de tapas y una guardería los fines de semana para que los pequeños se entretengan mientras sus padres hacen la compra y/o toman algo», explica García Pérez.

«Queremos modernizarnos, adaptarnos a los nuevos tiempos y captar al público que acude a Madrid Río, para dar más vida a las instalaciones. Abrirán los puestos que lo deseen y los clientes podrán pedir que les cocinen el producto que escojan. Eso sí, no vamos a perder la esencia del mercado de barrio, como ocurre con el de San Fernando, situado en Lavapiés», recalca la responsable municipal. Ese será su modelo, que lo diferenciará del de San Miguel o del de San Antón, concebidos para otro tipo de público y para los turistas. «Los precios serán muy competitivos y la calidad, la misma», añade.

La lonja de Tirso de Molina es una de las más pequeñas de Madrid, junto a la de La Guindalera (Salamanca). Tiene mil metros cuadrados y 42 puestos. «Solo queda uno libre, los demás han sido alquilados», explica la gerente. La mayoría rodean la estructura del edificio, están junto a la pared. «Eran los que antes carecían de agua a diferencia de los centrales;se llamaban bancos. Eran platanerías, verdulerías o un lugar que vendía patatas y cebollas;mientras los del centro tenían carne, pescado, pollo...», explica.

Los más antiguos

Aquí no solo se ha escrito la historia: se vive. Muchos de estos puestos han pasado de generación en generación y algunos van ya por la tercera. Es el caso de la Pescadería Ricardo. Su responsable, del mismo nombre, se apellida Escribano y lleva 21 años vendiendo frutos del mar. Su comercio es el más pequeño: «Mide 6,25 m2, tal y como eran los originales. Mi madre empezó a vender aquí barras de hielo para las neveras, con 12 años. El negocio lo inició mi abuelo y continuaron mi tío y mis padres. Tenían dos puestos, uno de ellos, la pescadería. De eso han pasado ya 60 años».

Su local y la Frutería Alberto son los más antiguos. «Tienen 85 años. Antes, el mercado no tenía techo, las puertas eran de reja, el frío se colaba por todas partes y había un vigilante», concluye. «Cierto. Yo he echado aquí los dientes y recuerdo que se hacía lumbre con leña en bidones grandes para calentarnos», explica Rosa Pérez, la hija del encargado de la frutería que cogió con su marido, José María García, cuando su padre se jubiló. Ellos son la segunda generación. Muestra con orgullo la foto del patriarca, en color sepia. «Yo tengo más años que el mercado», subraya Loli Salcedo, una anciana de 90 años que sigue yendo a la compra con su hija Antonia.

El empleado más antiguo es José López. «Entré con 13 años y han pasado ya 45», dice, mientras despacha en su tienda de variantes: «Me he criado en esto y me gusta el público». Unos y otros comentan cómo han cambiado las cosas. «Los huevos venían entre paja y mi madre los tenía que fregar», explica Concha, otra clienta. «Ahora viene más público por las tardes y los fines de semana, debido al trabajo, tanto hombres como mujeres, antes a ellos les daba reparo. En cuando al género, hay de todo, con las huertas de Almería y Murcia», explica el frutero.

«Bienvenidos a la mejor casquería de Madrid», presume Juanito Suárez. «Empecé con 15 años en este negocio, le vi futuro y me enganché. Son productos muy típicos de esta ciudad», dice rodeado de sesos, carrilladas y callos. Tras haber estado denostados, «se ha convertido en exquisiteces». Entre su clientes está la Tasquería de Javi Estévez del Barrio de Salamanca.

El mercado tiene dos bares. Uno, nuevo, vende productos gourmets. El otro, más popular, está regentado por una china que cocina con palillos. «Llevo un año y cuatro meses. Antes ayudaba a mi suegro en su restaurante», dice Paula Bao Zhu Lin. Una prueba de que conjugar el pasado y el presente es posible.

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