Una aventura urbana por la ciudad de Cuenca
Esta vez ha sido un viaje por España, un lugar cerca de la Comunidad de Madrid y situado exactamente en Castilla-La Mancha.
De las cinco provincias que podía visitar decidí perderme por aquella en la que se puede disfrutar de un territorio de naturaleza caliza marcado por depresiones de bordes escarpados, con hoces y torcas pronunciadas, es decir Cuenca, donde he disfrutado de una ciudad que cuenta con un admirable conjunto monumental, gracias a lo cual en 1996 la UNESCO la declaró conjunto Histórico Patrimonio de la Humanidad.
Cuenca es la provincia más montañosa de La Mancha, así el casco urbano de la capital se alza sobre un roquedo, rodeado por dos grandes hoces labradas por el tiempo y las aguas de los ríos Júcar y Huécar.

La capital es un escaso espacio en el que se aprovechan hasta los límites, construyendo edificaciones en los propios bordes de la roca que desafían el vacío, lo que se conoce como casas colgadas.
Disfruté de Cuenca dando un lento y tranquilo paseo para poder admirar esta ciudad amurallada, con un casco antiguo de estrechas y empinadas calles, de fuentes y rincones escondidos.
Nuestra visita comenzó tras aparcar el coche en lo más alto, en la calle de los Jerónimos.
Lo primero fue dirigirnos a la Plaza Mayor, donde contemplamos su Ayuntamiento, el Convento de las Petras y la Catedral de Nuestra Señora de Gracia, el edificio más impresionante de la ciudad, donde destaca especialmente su triforio, las galerías interiores que se abren sobre la nave central.

Tras situarnos y en dirección a la Plaza de la Merced, pasamos por la Torre Mangana que se alza en un lugar en el que antiguamente existió un alcázar árabe.
De ahí llegamos a la Plaza de la Merced, donde se halla el Museo de las Ciencias y el Seminario de San Julián, los interiores los dejamos para más tarde, y nos centramos en disfrutar de la belleza de sus fachadas.
Tras hacer una paradita y tomarnos unas buenas tapas en el bar la Bodeguilla de Basilio (muy recomendable, por cierto), nos dirigimos al río Huécar y nos encontramos las Casa Colgadas de origen medieval, un auténtico símbolo de la ciudad que sorprenden por haberse convertido en la prolongación vertical de la pared caliza.
Para poder verlas desde una buena óptica recomiendo situarse en la pasarela de San Pablo, donde además se puede ver la hoz del Huécar desde un ángulo privilegiado, y si se cruza del todo se puede visitar el Convento de San Pablo, hoy parador de turismo.

Para terminar y acabar con un buen sabor de boca, tras admirar los monumentos, se pueden visitar los mejores museos de la ciudad, como el Museo Diocesano, que contiene pinturas, esculturas, tapices, piezas de orfebrería y diversos objetos religiosos, un acopio de obras de arte entre las que destacan dos óleos de el Greco.
Frente a él se halla el Museo Arqueológico de Cuenca, que reúne piezas que datan del Paleolítico Inferior a otros recuperados de los antiguos asentamientos romanos, visigodos o árabes de la provincia.
Muy cerca también está el Museo de Arte Abstracto, un pinacoteca que alberga obras de gran valor, como algunas de Antoni Tapìés, Gustavo Torner o Antonio Saura.

Para finalizar la visita y si da tiempo se puede ir al Museo de las Ciencias, que se divide en salas temáticas como son la de astronomía, el Planetario, la Cronolanzadera, los Tesoros de la Tierra, el Laboratorio de la Vida y la Historia del Futuro.
En definitiva, una ciudad que enamora y embelesa a todos sus visitantes.
Fotos: Beatriz Cermeño Figueredo

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