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Estilo de vida

Michelle Obama: En la huerta con la primera dama

Llevar una vida y una alimentación sanas. Ese es el empeño de la primera dama de Estados Unidos. Para ello se ha puesto al frente de una campaña contra la obesidad que asola el país y ha escrito un libro, 'American grown', sobre el huerto orgánico que ha plantado en la Casa Blanca. Estos son los extractos del libro.

Como tantos escolares estadounidenses, una tarde de mi niñez volví a casa con una semilla que había germinado en un vaso de papel. Sin embargo, la horticultura no era una afición habitual en el barrio en el que crecí, por lo menos no en mi época.

Yo crecí en el South Side de Chicago, lo mismo que mi padre y mi madre. La familia de mi madre era numerosa, y en su casa siempre había alguien ocupado en cocinar alguna cosa para los niños. Lo normal era que preparasen ingredientes frescos comprados a un comerciante que recorría el barrio en un camión cargado de frutas y verduras frescas, que llegaban directamente de las granjas. Mi padre había trabajado en uno de esos camiones en su juventud, y cada vez que el hombre de las verduras se presentaba en la calle, hacía la vista gorda y dejaba que mi padre sisara una pieza de fruta... O eso se cuenta en mi familia.

Cuando mi madre era una niña de cinco o seis años, al principio de la Segunda Guerra Mundial, su familia contaba con una parcela en uno de los huertos colectivos del barrio. La gente cultivaba maíz, tomates, judías verdes, guisantes y espinacas. Pero, en mi niñez, este tipo de huertos habían desaparecido. Al igual que los camiones con verduras. En su lugar, ahora todos comíamos productos del supermercado. Pero con independencia de lo que cocinara, cada cena incluía por lo menos una verdura de algún tipo. Y todos teníamos que comerla, sin excepciones de ningún tipo. El postre era algo especial que reservaba para los domingos, y la mayoría de los almuerzos consistían en emparedados hechos con las sobras de la víspera. Excepto cuando mi padre estaba trabajando en el turno de noche en su empleo en la compañía de aguas de la ciudad, siempre cenábamos en familia, una tradición que Barack y yo hemos mantenido con nuestras hijas.

La Casa Blanca está catalogada como parque nacional, de forma que cuando me mudé a vivir a Washington me pregunté si estaría permitido sembrar unos huertos en el jardín. [...] Tras consultarlo con el Servicio Nacional de Parques, me entusiasmé al saber que la respuesta era afirmativa, y a principios de 2009 empezamos a buscar el lugar más idóneo en el jardín. [...]

Finalmente nos decantamos por un punto situado en el extremo posterior del Jardín Sur que era bien visible desde el exterior de la verja de la Casa Blanca.

[...] El 20 de marzo de 2009, llegó el momento de ponerse a cavar. Miré al cielo. ¿Iba a helar? ¿Iba a nevar? ¿Iba a llover? Me había llevado dos meses instalarme a vivir en una nueva vivienda en una nueva ciudad. Mis hijas habían empezado a ir a una nueva escuela; mi marido tenía un nuevo empleo. Mi madre recién había venido a vivir al piso de arriba. Y ahora iba a embarcarme en algo que nunca antes había intentado: sembrar una huerta.

[...] El 9 de abril plantamos lechugas y guisantes, espinacas y brécol, col verde y col rizada. Los días siguientes los pasé mirando la tierra recién sembrada y preguntándome si algo estaba creciendo en su interior.

[...] Tenía clara mi intención de que la huerta de la Casa Blanca fuera «una huerta para aprender», donde las personas pudieran experimentar de primera mano lo que es trabajar el suelo, y los niños que nunca habían visto crecer una planta pudieran sembrar semillas y semilleros que enraizaran en el suelo. Y quería que volvieran para la cosecha, para ver y saborear las frutas y verduras producto de su trabajo. En particular, quería que vinieran los niños de Washington que nunca habían soñado con visitar la Casa Blanca, por mucho que vivieran a corta distancia de ella. Así que invitamos a 23 alumnos de 10 y 11 años de la escuela de primaria Bancroft para que nos ayudaran con las palas, los rastrillos, las horcas y las carretillas.

[...] Desde ese día tengo muy claro que la agricultura va mucho más allá de plantar semillas y cosechar verduras. De forma invariable, en el momento de cavar la tierra con los niños, nos ponemos a hablar de nuestras vidas... y de las suyas también. Los niños están determinados a aprender y a ayudar, y les encanta que los adultos cuenten con dicha ayuda por su parte y quieran saber qué es lo que piensan y qué es lo que sienten.

De hecho, la igualdad es parte primordial del mensaje. Todos estamos arrimando el hombro por igual. Aquí no hay jerarquía, jefes ni ganadores. Es casi imposible hacer mal el trabajo. Siempre dejamos claro que la agricultura no es cuestión de perfección. No pasa nada si uno mete unas semillas de más en un hoyo recién excavado... o incluso si mete unas de menos. Mientras uno cubra los hoyos y los riegue como tiene que ser, las plantas brotarán con casi completa seguridad.

El día de la cosecha muchas veces se convierte en una búsqueda del tesoro. [...] Siempre que invitamos a niños a participar en la cosecha, me quedo admirada por su determinación y concentración en la tarea. Nunca voy a olvidar la primera vez que invitamos a unos niños en edad preescolar. Dos de las niñitas estaban tan entusiasmadas por participar en la cosecha que no se limitaban a recolectar los pimientos, ¡sino que arrancaban las plantas enteras! Al principio tratamos de refrenarlas, pero las dos ponían tanta aplicación en su labor que terminamos por reírnos y dejarles hacer. Espero que un día se acuerden entre risas del día en que casi arrancan de cuajo los sembrados de la Casa Blanca.

[...] La huerta seguramente es más vistosa que nunca a principios del verano. Si hace un par de días que no te has pasado por ella y vas a verla, sientes como si estuvieras ante un niño que llevas meses sin ver y que se ha desarrollado de forma espectacular. Pero a mí me sigue gustando particularmente en primavera, sobre todo durante esas últimas semanas de mayo y principios de junio, cuando el tiempo invita a estar al aire libre. Los días son largos, todo está lleno de color, y puedo sentarme fuera sin llevar un suéter puesto, para mirar a las niñas jugar con Bo en el césped verde intenso.

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