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Arturo P閞ez-ReverteTwiter
Arturo P閞ez-Reverte

Una historia de Espa馻 (L)

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Para hacerse idea de lo que fue nuestro siglo XIX y lo poco que los espa駉les nos aburrimos en 閘, basta mirar las cronolog韆s. Si en el siglo anterior sufrimos a cinco reyes con una forma de gobierno que, mala o buena, fue una sola, en este otro, sumando reyes, regentes, reinas, novios de la reina, novios del rey, presidentes de rep鷅lica y generales que pasaban por all, incluidas guerras carlistas y coloniales, tuvimos dieciocho formas de gobierno diferentes, solapadas, mixtas, opuestas combinadas o mediopensionistas. Ese siglo fue la m醩 desvergonzada cacer韆 por el poder que, aun conociendo muchas, conoce nuestra historia. Las famosas desamortizaciones, que en el papel sonaban estupendas, s髄o hab韆n servido para que tierras y otros bienes pasaran de manos eclesi醩ticas a manos particulares, reforzando el poder econ髆ico de la oligarqu韆 que cortaba el bacalao. Pero los campesinos viv韆n en una pobreza mayor, y la industrializaci髇 que llegaba a los grandes n鷆leos urbanos empezaba a crear masas proletarias, obreros mal pagados y hambrientos que rumiaban un justificado rencor. Mientras, en Madrid, no tan infame como su padre Fernando VII -eso era imposible, incluso en Espa馻-, pero heredera de la duplicidad y la lujuria de aquel enorme hijo de puta, la reina Isabel II, Isabelita para los amigos y los amantes militares o civiles que desfilaban por la alcoba real, segu韆 cubri閚donos de gloria. La cosa hab韆 empezado mal en el matrimonio con su primo Francisco de As韘 de Borb髇; que no es ya que fuera homosexual normal, de infanter韆, sino que era maric髇 de concurso, con garaje y piscina, hasta el punto de que la noche de bodas llevaba m醩 encajes y puntillas que la propia reina. Eso no habr韆 importado en otra coyuntura, pues cada cual es due駉 de llevar las puntillas que le salgan del cimbel; pero en caso de un matrimonio regio, y en aquella Espa馻 desventurada e incierta, el asunto trajo mucha cola (no s si captan ustedes el chiste malo). De una parte, porque el rey Paquito ten韆 su camarilla, sus amigos, sus enchufados y sus conspiraciones, y eso desprestigiaba m醩 a la monarqu韆. De la otra, porque los matrimonios reales est醤, sobre todo, para asegurar herederos que justifiquen la continuidad del tinglado, el palacio, el sueldo regio y tal. Y de postre, porque Isabelita -que no era una l醤guida Siss emperatriz, sino todo lo contrario- nos sali muy aficionada a los intercambios carnales, y acab, o m醩 bien empez pronto, busc醤dose la vida con mozos de buena planta; hasta el punto de que de los once hijos que pari -y le vivieron seis- casi nunca tuvo dos seguidos del mismo padre. Que ya es curr醨selo. Lo que, detalle simp醫ico, vali a nuestra reina esta elegante definici髇 del papa Pio Nono: 獷s puta, pero piadosa. Entre esos padres diversos se contaron, as por encima, gente de palacio, varios militares -a la reina la pon韆n mucho los generales-, y un secretario particular. Por cierto, y como detalle t閏nico de importancia decisiva m醩 adelante, apuntaremos que el futuro Alfonso XII (el de d髇de vas triste de ti y el resto de la copla) era hijo de un guap韘imo ingeniero militar llamado Enrique Puig Molt. En lo pol韙ico, mientras tanto, los reyes de aquellos tiempos no eran como los de ahora: mojaban en todas las salsas, poniendo y quitando gobiernos. En eso Isabel II se enfang hasta el real pescuezo, unas veces por necesidades de la coyuntura pol韙ica y otras por caprichos personales, pues la chica era de aquella manera. Y para complicar el descojono estaban los militares salidos de las guerras carlistas -los h閞oes de los que Larra aconsejaba desconfiar-, que durante todo el per韔do isabelino se hicieron sitio con pronunciamientos, insubordinaciones y chuler韆. La primera guerra carlista, por cierto, hab韆 acabado de manera ins髄ita en Espa馻: fue la 鷑ica de nuestras contiendas civiles en la que oficialmente no hubo vencedores ni vencidos, pues tras el Abrazo de Vergara los oficiales carlistas se integraron en las fuerzas armadas nacionales conservando sueldos y empleos, en un acto de respeto entre antiguos enemigos y de reconciliaci髇 inteligente y ejemplar que, por desgracia, no repetir韆mos hasta 1976 (y que en 2015 parecemos obstinados en reventar de nuevo). De todas formas, el virus del ruido de sables ya estaba all. Los generales protagonistas empezaron a participar activamente en pol韙ica, y entre ellos destacaron tres, Espartero, O'Donnell y Narv醗z -todos con nombres de calles de Madrid-, de los que hablaremos en el siguiente cap韙ulo de nuestra siempre apasionante y lamentable historia.

[Continuar醈.

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