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Arturo P閞ez-ReverteTwiter
Arturo P閞ez-Reverte

El tornillo del Graf Spee

llave

Comparto con algunos amigos, m醩 o menos frikis, la afici髇 por peque駉s objetos con historia probada, imaginada o legendaria. No soy muy de fotos a la vista: de las cuatro que tengo enmarcadas en casa, una es de mis padres, otra de un antepasado bonapartista, y las otras dos son de Joseph Conrad y de Patrick OBrian. Pero objetos con memoria propia o ajena tengo a montones. O casi. Algunos est醤 directamente relacionados con episodios concretos de mi vida: un trozo de estuco de la biblioteca de Sarajevo, la bandera descolorida de mi primer velero, la mascarilla mortuoria de Napole髇, una sortija de plata saharaui, un cargador de AK-47 atravesado por un balazo, o un cuchillo liban閟 cuya historia, azarosa y de juventud, tal vez les cuente alg鷑 d韆. Otros de esos objetos son recuerdos de familia y cosas as. V韓culos sentimentales. Entre ellos, una copa de plata de un torneo de ajedrez de 1956, abollada y con s髄o un asa, y la condecoraci髇 de Santa Helena del granadero Jean Gal, abuelo de mi bisabuela, que a los diecis閕s a駉s combati en Waterloo y muri octogenario en Cartagena. Tambi閚 valoro mucho un cenicero de cristal en forma de salvavidas, que me fascinaba desde ni駉 y perteneci a un t韔 m韔, capit醤 de la marina mercante. Y cuatro navajas que poseyeron, respectivamente, mi tatarabuelo, mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre. A las que con el tiempo, supongo, alguien a馻dir la m韆: una bregada Aitor cl醩ica con cachas de palisandro.

Los objetos m醩 interesantes, sin embargo, tienen otros or韌enes. Llegaron en diversos momentos y por distintos caminos: regalos de amigos, anticuarios, azares insospechados. Uno de mis predilectos es el catalejo antiguo de ballenero, forrado en piel de cachalote, que hace tiempo me regal Javier Mar韆s, y cuyo tacto estremece como si te encontraras a bordo del Pequod, gritando Por all resopla! mientras el capit醤 Ahab ordena arriar balleneras. Tambi閚, cerca de un soberbio sable espa駉l modelo 1815 -me lo dio el pintor de batallas Ferrer-Dalmau, indignado porque la mayor parte de mis sables de caballer韆 son franceses-, hay dos botones de uniforme del regimiento espa駉l Jos Napole髇, en el que se inspir mi relato La sombra del 醙uila, que un amigo encontr en el campo de batalla de Smolensko. No lejos de ellos, pr髕imos a un cenicero original del restaurante Lhardy, est醤 una pelliza de h鷖ar de la Princesa, un remate de la regala de un nav韔 de 74 ca駉nes, balas de mosquete y clavos de bronce de barcos hundidos en Trafalgar -el Trinidad y el Neptuno-, y tambi閚 un sable cosaco con fecha de 1917, un peque駉 busto de Homero, un pisapapeles veneciano, un comp醩 de marcaciones antiguo, una regla de c醠culo n醬tico del siglo XVIII y una banda de m鷖ica de soldaditos de plomo.

Sin embargo, mi joya de la corona, mi frikada predilecta, est en un armario acristalado del vest韇ulo, entre la maqueta de arsenal de un nav韔 de l韓ea y un hueso de ballena que cog en Isla Decepci髇, Ant醨tida, a finales de los 70: una pieza de bronce de una pulgada de longitud, acabada en forma de tornillo, en la que puede leerse parte de la inscripci髇 Deutsche tec..., y que procede de uno de los tres ca駉nes de 28 cm. de la torre Bruno del acorazado alem醤 Graf Spee, hundido por su tripulaci髇 frente a Montevideo en 1939, d韆s despu閟 de su legendario combate con tres cruceros brit醤icos. Poseo esa pieza desde hace muchos a駉s: cuando, encontr醤dome en Uruguay durante una firma de libros, uno de los buzos que trabajaban en el rescate de los 鷏timos restos de ese famoso barco, lector de mis novelas, me caus una inmensa felicidad al ponerla en mis manos. 玃ens que le gustar韆 tenerla, dijo con toda sencillez antes de alejarse, y ni siquiera me dio una tarjeta con la que recordar su nombre. Y ah est, como digo. En la vitrina, para envidia de mis amigos aficionados a esta clase de cosas -Agust韓 D韆z Yanes, Jacinto Ant髇, Jos Manuel Guerrero, el mismo Javier Mar韆s-, a los que cuando se dejan caer por all suelo restreg醨sela sin piedad por el morro; es la 鷑ica posesi髇 que ante ellos exhibo sin complejos, con desconsiderada aunque justificable chuler韆 de propietario. Del Graf Spee, chaval, les digo. Torre Bruno, la de popa. O sea. Pumba, pumba. Igual gracias a esto le endi馻ron unos cuantos cebollazos al Exeter, al Ajax o al Achilles. 緾髆o lo ves?... Imaginen el efecto del asunto en fulanos que, como yo, se sobrecogieron de ni駉s leyendo lo del acorazado alem醤 en tebeos de Haza馻s B閘icas, o comiendo pipas en un cine mientras ve韆mos La batalla del R韔 de la Plata. Un tornillo del Graf Spee, nada menos. Una pulgada del bronce con que est醤 fundidos tantos recuerdos y tantos sue駉s.

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